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Cuando el bolsillo pide la palabra

Hay momentos en que la economía abandona los gráficos, sale de los informes ministeriales y se sienta a la mesa.

Y entonces empiezan los problemas.

Una encuesta del consultor Jorge Giacobbe indica que el 58,9% de los argentinos considera que la economía está empeorando. Más significativo todavía: el 48,9% dice que ese deterioro lo está sufriendo personalmente.

No es una cifra menor ni una fotografía que convenga despachar con el habitual argumento de que toda estabilización exige paciencia. Cuatro puntos más de percepción negativa respecto de la medición anterior sugieren que, mientras algunas variables pueden ordenarse, el ciudadano continúa haciendo sus propias cuentas.

Y esas cuentas tienen una incorregible mala costumbre: vencen todos los meses.

Alquiler, alimentos, servicios, medicamentos, tarjeta de crédito, cuotas. Ninguno acepta discursos como medio de pago.

La coincidencia resulta particularmente incómoda porque, mientras el Gobierno procura estimular la actividad confiando, entre otras cosas, en que los dólares ahorrados por los argentinos regresen al circuito económico, la Cámara de Diputados se prepara para discutir proyectos relacionados precisamente con el endeudamiento de las familias.

La escena tiene algo de paradoja nacional.

Por un lado se mira debajo del colchón esperando encontrar dólares. Por el otro, se mira el resumen de la tarjeta intentando descubrir cómo pagar pesos.

Conviene aclararlo: una encuesta no demuestra por sí sola que un programa económico haya fracasado. Mide percepciones, expectativas y experiencias declaradas. Pero cuando esas percepciones empiezan a coincidir con un problema suficientemente extendido como para instalar el endeudamiento familiar en la agenda parlamentaria, despreciarlas sería una imprudencia política.

El dato quizá más delicado para Javier Milei no sea siquiera el 58,9%.

Es el 47,8% que considera equivocado el programa económico y entiende que la gente está sufriendo sin sentido.

Porque un ajuste puede conservar apoyo mientras una parte importante de la sociedad crea que existe una recompensa al final del camino. El problema comienza cuando el sacrificio deja de ser interpretado como inversión y empieza a sentirse simplemente como pérdida.

Todavía existe, según la misma encuesta, un sector considerable que mantiene esa esperanza: un 22,4% sostiene que hay que aguantar porque en el futuro estaremos mejor, mientras otro 16,8% considera que el ajuste no es tan grande y que el rumbo es correcto.

Eso también debe decirse.

La Argentina no aparece en estos números como un país unánimemente rebelado contra el programa económico. Aparece como algo probablemente más complicado para cualquier Gobierno: un país dividido entre quienes todavía esperan y quienes empiezan a cansarse de esperar.

Y allí aparece la cuestión de los dólares ahorrados.

Durante décadas el argentino compró dólares no solamente como inversión sino como refugio frente a gobiernos, bancos, devaluaciones, corralitos, inflación y promesas. Pretender ahora que esos mismos ciudadanos saquen voluntariamente sus reservas para impulsar el consumo supone pedirles algo más importante que dinero.

Supone pedirles confianza.

Y la confianza no cotiza en el mercado cambiario.

No se fija por decreto, no responde dócilmente a una tasa de interés y tampoco aparece porque un ministro explique que las variables fundamentales marchan en la dirección correcta. Se construye cuando una familia comprueba que puede llegar a fin de mes sin utilizar la tarjeta para financiar la supervivencia.

Por eso el debate sobre endeudamiento familiar que llega a Diputados merece algo más que la habitual batalla de quórum, comisiones, emplazamientos y pequeñas emboscadas reglamentarias.

Treinta y cinco proyectos pueden convertirse fácilmente en treinta y cinco maneras de evitar hablar del problema.

Gobierno y oposición harán naturalmente sus cuentas. Uno intentará impedir o demorar una sesión; la otra procurará reunir los votos necesarios para imponerla. Es el funcionamiento normal —aunque no siempre edificante— de la política parlamentaria.

Pero detrás de esa aritmética existe otra.

La de la familia que paga una deuda con otra deuda.

La del salario que llega después del vencimiento.

La del jubilado que administra medicamentos.

La del trabajador que alguna vez ahorró cien dólares y ahora escucha que quizá sería conveniente ponerlos nuevamente en circulación para ayudar a mover la economía.

Puede hacerlo.

También puede decidir conservarlos.

Porque antes de preguntarse cómo convencer al argentino de sacar los dólares del colchón, quizá corresponda hacerse una pregunta bastante menos sofisticada:

¿por qué los puso allí?

El Gobierno puede conseguir equilibrio fiscal, estabilidad monetaria y mejores indicadores macroeconómicos. Si lo logra, será mérito suyo y deberá reconocerse.

Pero existe una frontera que ninguna estadística oficial consigue eliminar: una economía puede comenzar a mejorar mucho antes de que mejore la vida de quienes viven dentro de ella.

El tiempo entre ambas cosas es políticamente decisivo.

Y cuando seis de cada diez dicen que están caminando hacia atrás mientras el Congreso empieza a discutir cuánto deben las familias, sería temerario responderles que tengan paciencia porque la macroeconomía ya encontró el camino.

Tal vez lo encontró.

Ahora falta que llegue hasta la cocina.

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Fuentes consultadas: Noticias Argentinas (NA), encuesta de Jorge Giacobbe y La Prensa.

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