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La paz con permiso de aterrizaje

Hay guerras en las que el primer indicio de esperanza llega con una firma. En ésta, por ahora, llega con un permiso de aterrizaje.

Vladimir Putin ordenó suspender durante tres días los ataques rusos contra Kyiv mientras Steve Witkoff y Jared Kushner, enviados de Donald Trump, atraviesan Moscú camino de la capital ucraniana. Volodymyr Zelensky respondió ofreciendo cuatro días sin ataques contra Rusia durante las negociaciones.

Después de años contando drones, muertos, kilómetros conquistados y ciudades destruidas, que las partes empiecen a contar días de silencio no es poca cosa.

Pero tampoco conviene descorchar el champagne antes de tiempo.

Trump dice que Estados Unidos tiene una “idea para la paz”. Putin admite que existe una posibilidad de alcanzarla. Zelensky asegura que Ucrania no pondrá obstáculos a la diplomacia. Las palabras han mejorado notablemente; el inconveniente es que, sobre el terreno, los proyectiles todavía no parecen haber recibido todos los memorandos.

Horas antes del anuncio ruso, más de 160 drones y misiles golpearon ciudades ucranianas, dejando muertos y decenas de heridos. Y en el frente, según Kyiv, los combates continuaron porque fuerzas rusas no reconocieron el alto el fuego.

Es una contradicción demasiado grande para esconderla debajo de la alfombra diplomática.

Una tregua de tres días puede ser el comienzo de algo importante. También puede ser simplemente un corredor de seguridad para que los enviados estadounidenses lleguen, conversen, estrechen manos y regresen sin que un misil convierta una misión diplomática en una tragedia internacional.

La diferencia entre ambas posibilidades aparecerá el cuarto día.

Porque el verdadero problema sigue intacto: Moscú mantiene exigencias territoriales que Kyiv considera inaceptables. Rusia pretende consolidar concesiones sobre amplias zonas del Donbás; Ucrania sostiene que una paz construida sobre la entrega forzada de territorio sería poco más que una guerra congelada esperando nueva fecha.

Y allí comienza la parte incómoda que ninguna fotografía de negociadores sonrientes puede resolver.

La paz no consiste solamente en conseguir que Putin y Zelensky dejen de dispararse durante el tiempo necesario para que Washington coloque una mesa entre ambos. Consiste en encontrar una fórmula que Rusia pueda aceptar sin proclamar derrota y que Ucrania pueda firmar sin sentir que está legalizando a punta de pistola aquello que perdió en el campo de batalla.

Eso explica también por qué Trump habla de una “idea” y no todavía de un acuerdo.

La elección de Witkoff y Kushner agrega otro ingrediente. No estamos ante la diplomacia clásica de embajadores, cancilleres y expedientes cuidadosamente encuadernados. Trump vuelve a emplear su método preferido: enviados personales, relaciones directas y negociación concentrada en un círculo reducido.

Puede irritar a las cancillerías. Pero si consigue que las armas callen, habrá pocos interesados en discutir el protocolo.

Conviene, sin embargo, observar una sutileza. Putin no anunció el fin de los ataques contra Ucrania: ordenó una pausa sobre Kyiv. Zelensky fue más lejos al anunciar una suspensión temporal de ataques contra Rusia durante las conversaciones. Entre ambos gestos existe todavía una distancia política considerable.

Por eso estos días merecen esperanza, pero no ingenuidad.

Una tregua verdadera empieza cuando las armas callan porque los adversarios han decidido negociar. Una tregua precaria empieza cuando las armas callan porque llegan los negociadores.

Por ahora estamos en la segunda.

Si el lunes siguiente los drones continúan en tierra, los misiles permanecen en sus depósitos y las delegaciones siguen hablando, quizá Trump pueda comenzar a retirar las comillas de su “idea para la paz”.

Hasta entonces, bienvenida sea cada noche sin bombas.

Pero en una guerra que ya ha producido demasiados comunicados solemnes y demasiados cementerios, tres días de silencio son una oportunidad, no una absolución.

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Fuentes consultadas: información atribuida a Reuters, AFP, Tass y declaraciones públicas de las presidencias de Estados Unidos, Rusia y Ucrania.

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