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La Argentina siempre a pata

Cuando una fábrica apaga sus máquinas, no sólo deja de fabricar calzado: también deja de fabricar certezas.

Hay industrias que desaparecen en silencio. No hacen explosiones, no generan imágenes espectaculares ni ocupan horas de televisión. Simplemente, un día dejan de sonar las máquinas, se apagan las luces y los portones se cierran. El ruido que permanece no proviene de la fábrica, sino de las preguntas que quedan flotando alrededor.

El próximo 17 de julio, la planta de Dass en Eldorado cerrará definitivamente sus puertas. Los últimos 150 trabajadores perderán su empleo y la Argentina dejará de fabricar zapatillas deportivas para algunas de las principales marcas internacionales. La producción destinada al mercado local cruzará la frontera y continuará en Brasil, mientras aquí sólo quedarán oficinas comerciales y centros logísticos para distribuir productos fabricados en otros países.

La noticia trasciende el destino de una empresa brasileña. Dass había llegado al país hace casi dos décadas, adquirió las históricas instalaciones de Coronel Suárez y durante años produjo para Nike, Adidas, Fila, Asics, Umbro y otras marcas. En sus mejores tiempos empleó a unas 1.500 personas. Hoy baja definitivamente la persiana.

El fenómeno tiene algo de paradoja contemporánea. Nunca resultó tan sencillo comprar zapatillas importadas y, al mismo tiempo, nunca fue tan difícil fabricarlas en el propio país. La globalización suele vender velocidad; rara vez incluye en la etiqueta el costo social del viaje.

La empresa atribuye la decisión a la falta de pedidos y reorganiza su abastecimiento desde Brasil. Los representantes sindicales, en cambio, señalan que la apertura comercial, la caída del consumo interno y el deterioro del poder adquisitivo terminaron por vaciar la producción local. Dos explicaciones diferentes para una misma fotografía: una fábrica sin actividad.

Las cifras económicas suelen ser impersonales. Hablan de productividad, competitividad, costos y mercados. Sin embargo, detrás de esos conceptos aparecen personas concretas. Operarios que llevan casi veinte años trabajando en la misma línea de producción. Familias que deberán reinventarse en una ciudad de apenas ochenta mil habitantes. Padres que ahora desconocen cómo sostendrán tratamientos médicos de sus hijos. Ninguna estadística alcanza a medir esa incertidumbre.

La historia industrial argentina parece escribir sus capítulos con un curioso sentido del reciclaje. Cambian los gobiernos, cambian los diagnósticos, cambian las recetas económicas y también los responsables señalados. Lo único que demuestra una constancia admirable es la facilidad con la que las fábricas pasan del turno completo al silencio absoluto. Las máquinas, al parecer, son las únicas que nunca participan del debate político.

Existe además una ironía difícil de ignorar. Durante años, esas plantas fabricaron zapatillas destinadas precisamente al deporte donde la Argentina suele celebrar sus mayores alegrías. Mientras el fútbol continúa regalando epopeyas capaces de emocionar a millones, otra parte del país deja de producir el calzado con el que esos mismos sueños comenzaron alguna vez en un potrero.

Quizá la verdadera discusión no sea únicamente cuántos pares de zapatillas ingresan desde el exterior, sino cuántas oportunidades dejan de producirse dentro de las fronteras. Porque importar mercancías resulta relativamente sencillo. Mucho más complejo es volver a importar una fábrica que ya cerró, recuperar el oficio de quienes emigraron o reconstruir la confianza de quienes apagaron por última vez la luz del vestuario.

Al fin y al cabo, las zapatillas siempre pueden venir en un contenedor. Lo que todavía nadie ha conseguido embalar para traer de regreso son los años de trabajo, la experiencia acumulada y la esperanza que se marcha cada vez que una sirena industrial deja de sonar.

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