
sonríe y se ajusta el sombrero tras un cristal antibalas.
Abelardo de la Espriella pasó de los tribunales a la primera línea política. Admirador de Trump, vecino de Miami y enemigo declarado de la tibieza, ahora aparece como favorito para convertirse en el próximo presidente de Colombia.
La política colombiana tiene una vieja costumbre: cuando parece previsible, se vuelve imprevisible. Y en esta ocasión el nombre que alteró todos los cálculos no fue el de un veterano dirigente partidario ni el de un heredero político, sino el de un abogado penalista que durante años hizo más ruido en los tribunales y en los estudios de televisión que en los pasillos del Congreso.
Abelardo de la Espriella, de 47 años, ganó la primera vuelta presidencial y quedó a las puertas de la Casa de Nariño. Con casi el 44 por ciento de los votos, superó las expectativas de las encuestas y obligó al oficialismo a replantear toda la estrategia para la segunda vuelta del próximo 21 de junio.
El candidato ha construido una imagen cuidadosamente diseñada. Camisas abiertas, discursos de tono épico, referencias constantes a la seguridad y una narrativa donde él mismo aparece como un hombre exitoso que llega desde fuera del sistema para corregir aquello que los políticos tradicionales no supieron resolver.
Sus admiradores ven en él una mezcla de Donald Trump y Nayib Bukele. Sus detractores, en cambio, observan rasgos de un caudillismo moderno vestido con las herramientas del marketing digital. Ambos coinciden, sin embargo, en un punto: resulta imposible ignorarlo.
La inseguridad, el narcotráfico y la decepción con la política de “paz total” impulsada por el gobierno de Gustavo Petro han creado un terreno fértil para discursos más duros. De la Espriella entendió ese clima antes que muchos de sus competidores y construyó una campaña basada en promesas de orden, autoridad y confrontación directa contra las organizaciones criminales.
La sorpresa electoral fue tan grande que incluso surgieron dudas y sospechas sobre los resultados. Sin embargo, las denuncias iniciales de irregularidades no encontraron respaldo concreto y terminaron disipándose, dejando el foco nuevamente sobre el candidato y su creciente popularidad.
No todo resulta sencillo para quien se presenta como el futuro presidente. Su pasado como abogado defensor de figuras controvertidas, entre ellas el empresario venezolano Alex Saab, continúa siendo utilizado por sus adversarios para cuestionar la coherencia de su discurso político.
Además, la segunda vuelta exigirá algo más que entusiasmo entre los sectores más conservadores. Para ganar deberá convencer a votantes moderados, independientes y a quienes observan con simpatía sus propuestas de seguridad, pero desconfían de las soluciones excesivamente simples para problemas complejos.
Por ahora, el impulso parece acompañarlo. Las casas de apuestas le otorgan ventaja y buena parte de la derecha colombiana ya cerró filas detrás de su candidatura. Pero las elecciones suelen recordar una vieja lección: entre ser favorito y ser presidente existe una distancia mucho más larga de lo que indican las encuestas.
El próximo 21 de junio Colombia decidirá si apuesta por una continuidad matizada del proyecto progresista o si entrega el timón a un hombre que promete gobernar con la energía de un fiscal, la disciplina de un empresario y la teatralidad de una estrella mediática. Y esa combinación, para bien o para mal, rara vez pasa desapercibida.
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