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Milei… a tus zapatos

Argentina
Mauricio Macri eligió una vieja lección atribuida al pintor Apeles para enviar un mensaje que, aunque no tuvo destinatario explícito, resultó imposible de ignorar. Durante una actividad partidaria en Santa Fe, el ex presidente cuestionó la forma en que el Gobierno nacional intervino en la discusión por los nombramientos judiciales y advirtió sobre los riesgos de confundir liderazgo con omnipotencia.

La polémica se encendió tras la aprobación en el Senado del pliego de la jueza María Verónica Michelli, cuya designación había intentado ser frenada por la Casa Rosada. La posterior afirmación del ministro de Justicia, según la cual el Presidente no estaría obligado a firmar el decreto correspondiente, terminó de alimentar una controversia que ya había dejado al oficialismo a la defensiva.

Sin elevar el tono ni caer en la confrontación directa, Macri eligió un terreno que conoce bien: el de las instituciones. Recordó que la confianza de los inversores, tan mencionada por el actual Gobierno, no depende únicamente de las variables económicas, sino también de la previsibilidad jurídica y del respeto a las reglas de juego.

Su planteo tuvo un matiz particularmente incómodo para el oficialismo. Porque provino de alguien que continúa respaldando buena parte del programa económico libertario. No habló un opositor. Habló un aliado que empieza a marcar distancia allí donde considera que el entusiasmo reformista puede transformarse en improvisación institucional.

La advertencia fue clara: una Justicia incompleta, con cargos vacantes o designaciones sujetas a vaivenes políticos, debilita al Estado. Y cuando las instituciones se debilitan, la seguridad jurídica deja de ser una promesa para convertirse en una incógnita.

Macri también dejó una reflexión que pareció dirigida a una costumbre recurrente de la política argentina: la tentación de creer que la legitimidad electoral habilita cualquier decisión. Recordó que las democracias modernas se construyen precisamente para evitar que el poder quede concentrado en una sola voluntad, por más popular que sea.

En ese punto apareció la referencia más llamativa de su discurso. Sin mencionar a Javier Milei, sostuvo que ningún dirigente debe considerarse más importante que las instituciones que representa. Una frase sencilla, pero cargada de significado en tiempos donde la confrontación suele reemplazar al debate y la urgencia pretende desplazar a los procedimientos.

La comparación con Boca Juniors y la gestión de Juan Román Riquelme completó la metáfora. Para Macri, el cariño popular puede convertirse en una trampa cuando quien lo recibe termina confundiendo afecto con cheque en blanco. El mensaje excedía largamente las fronteras del fútbol.

Mientras el Gobierno enfrenta crecientes dificultades para construir mayorías parlamentarias y ordenar su relación con otros sectores del espacio que impulsó el cambio político de 2023, las palabras del fundador del PRO adquieren un peso particular. No porque anuncien una ruptura, sino porque revelan una incomodidad cada vez menos disimulada.

Quizás la enseñanza de Apeles conserve vigencia después de más de dos mil años. Gobernar exige audacia, pero también límites. Y cuando esos límites se vuelven difusos, siempre aparece alguien dispuesto a recordar que incluso los líderes más exitosos deben, de vez en cuando, volver a sus zapatos.



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Un corazón de Perú en el Barrio Aurora de Torino.

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