
Desde Nueva York, lejos del ruido doméstico pero con el mismo tono de pelea de barrio, Javier Milei decidió agregar combustible al incendio político argentino. El escenario fue la Argentina Week, pensada para seducir inversores. El resultado, en cambio, fue un nuevo capítulo del reality libertario: el Presidente acusando de “empresarios prebendarios” a Paolo Rocca y a Javier Madanes Quintanilla.
No fue un comentario al pasar. Fue una descarga frontal, con nombre y apellido, dirigida a dos pesos pesados del empresariado industrial. Milei los ubicó en el mismo tablero que “políticos ladrones” y un sistema de privilegios que, según su relato, durante décadas vivió del proteccionismo.
El mensaje es simple y brutal: si el negocio depende de barreras, subsidios o lobby, el Gobierno no lo va a proteger. O se reconvierten o desaparecen. En el diccionario libertario, la apertura económica no admite matices.
El problema es que, cuando el Presidente dispara con esa artillería verbal en el corazón financiero de Manhattan, la escena se vuelve incómoda. La feria que debía mostrar estabilidad institucional termina exhibiendo la vieja costumbre argentina de resolver disputas económicas a los gritos.
Milei sostiene que pelea por los consumidores. Que abrir importaciones abaratará precios y liberará recursos para millones de argentinos. Y que el sistema que protegía a ciertos sectores industriales no era más que una maquinaria de corrupción compartida entre empresarios y políticos.
En esa narrativa, Rocca y Madanes no son empresarios sino símbolos. Representan, según el Presidente, una economía que sobrevivía gracias a regulaciones hechas a medida.
La acusación es pesada y no menor: connivencia con la política para sostener privilegios. Un argumento que Milei remató con otra frase explosiva: cuando el kirchnerismo insultaba a Rocca —dijo— no era odio, era negociación.
Así, el Presidente no sólo confronta con industriales actuales; también reescribe viejas disputas del poder económico argentino. En su versión de la historia, todos formaban parte del mismo engranaje.
Mientras tanto, el mandatario aprovechó el escenario para celebrar su propio frente político. Agradeció a Karina Milei —“el Jefe”— por la estrategia electoral y por haber debilitado la mayoría peronista en el Congreso. Un triunfo que, según su cálculo, habilita reformas que antes parecían imposibles.
La escena resume el método Milei: confrontar, polarizar y avanzar. En su lógica, el conflicto no es un costo sino combustible político.
Pero hay una paradoja que queda flotando en el aire neoyorquino: la Argentina intenta venderse como destino confiable para inversiones mientras su Presidente libra una guerra verbal contra parte de su propio empresariado.
Encizañando, también se avanza. La duda es hacia dónde. Y cuántos terminan incendiados en el camino.
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