
Zelenski introduce una condición que no es menor: cualquier retirada del Donbás requerirá un referéndum. No es una provocación, sino una advertencia política. La paz no puede firmarse sin legitimidad interna, aunque el cansancio internacional empuje a cerrar el expediente.
Desde Washington, Trump insiste en marcar distancia: Estados Unidos —dice— no participa de la guerra, sino de las negociaciones. Es una fórmula conocida, que permite influir sin asumir plenamente el costo del desenlace. París será el próximo escenario de esta coreografía diplomática, siempre que existan “posibilidades reales”.
Alemania intenta recuperar centralidad. La invitación de Merz a Trump para visitar Berlín no es un gesto protocolar, sino un recordatorio: Europa quiere estar presente cuando se discutan las decisiones estratégicas, no solo cuando toque financiar sus consecuencias.
En paralelo, emerge Zaporizhia. La central nuclear no es solo infraestructura energética, sino un activo clave para la reconstrucción económica ucraniana. Zelenski lo discute en documentos separados, consciente de que energía y seguridad ya no pueden tratarse por carriles distintos.
La reunión nocturna con altos funcionarios estadounidenses y de la OTAN dejó compromisos generales y promesas de claridad futura. En diplomacia, ese lenguaje suele indicar que los desacuerdos persisten, pero aún no conviene explicitarlos.
Mark Rutte adopta un tono más severo. “La seguridad de Ucrania es nuestra seguridad”, repite, apelando a la memoria histórica europea. El mensaje apunta tanto a Moscú como a Washington: Europa no quiere quedar reducida a espectadora.
Sin embargo, en Bruselas circula un temor persistente: un eventual reacomodamiento entre Estados Unidos y Rusia que deje a la Unión al margen. La sola mención de formatos extraeuropeos de decisión alimenta esa inquietud.
Por eso, la UE acelera con su principal herramienta: los activos rusos congelados. El uso del Artículo 122 marca una decisión política fuerte, aunque todavía rodeada de dudas jurídicas y resistencias internas.
La diplomacia avanza, pero sin euforia. La paz se negocia en borrador, con notas al pie y advertencias cruzadas. Nadie quiere ser el primero en celebrar, ni el último en pagar.
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