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El País de los contratos escritos con lápiz

Hay países pobres porque la naturaleza fue mezquina con ellos.

Argentina no puede presentar esa excusa.

Tiene tierra fértil, agua, alimentos, petróleo, gas, minerales, energía, mar, conocimiento, industria y una extensión territorial capaz de hacer palidecer a más de una potencia europea.

Además, durante buena parte de su historia recibió algunas cartas extraordinarias.

A comienzos del siglo XX, el ingreso por habitante argentino estaba entre los diez más altos del mundo. Las exportaciones de alimentos habían convertido al país en una pieza importante del comercio internacional.

Pero conviene quitarle un poco de azúcar a la postal.

Aquella Argentina próspera no significaba que todos los argentinos fueran prósperos. La riqueza existía; su distribución y las condiciones de vida eran otra historia. Hubo ascenso social, inmigración, trabajo, expansión urbana y oportunidades, pero también desigualdades y sectores que contemplaban el banquete desde bastante lejos.

Después llegó un siglo que incendió buena parte del planeta.

Las guerras mundiales alteraron mercados, cerraron rutas comerciales, destruyeron capacidad productiva y multiplicaron necesidades. Para un país alejado de los campos de batalla y capaz de producir alimentos y materias primas, semejante tragedia mundial también podía convertirse —sin necesidad de celebrarla— en una coyuntura económica favorable.

Argentina conoció así períodos de abundancia y bienestar.

No toda la población.

No durante todo el siglo.

Y no exclusivamente gracias a virtudes propias.

Ese detalle importa.

Porque una cosa es producir riqueza cuando el viento internacional empuja las velas y otra bastante más difícil es aprovechar esa riqueza para construir instituciones, infraestructura, educación, productividad y reglas capaces de funcionar cuando el viento cambia.

Ahí empieza nuestra vieja historia.

Argentina tuvo demasiadas veces la tentación de considerar permanente aquello que era extraordinario.

Cuando sobraba, repartía como si nunca fuese a faltar.

Cuando faltaba, descubría que las cuentas también tenían memoria.

Y cuando llegaba un nuevo gobierno, aparecía con frecuencia la irresistible vocación de explicar que el país comenzaba nuevamente desde cero.

Nueva política.

Nueva moneda.

Nuevos impuestos.

Nuevas prohibiciones.

Nuevas aperturas.

Nuevos controles.

Nuevas promesas.

Y, algunas veces, nuevas reglas para contratos firmados bajo las anteriores.

No hace falta cargar todo el expediente sobre el peronismo, el radicalismo, los gobiernos militares, el kirchnerismo, el macrismo o el actual gobierno.

Todos pertenecen a épocas diferentes y tienen responsabilidades diferentes.

Pero el problema que dejaron entre todos es más grande que cualquiera de ellos.

Argentina convirtió demasiadas veces la política económica en un péndulo.

Y un péndulo sirve magníficamente para un reloj.

Para una inversión a treinta años, bastante menos.

Un empresario puede soportar impuestos altos si sabe cuáles serán.

Puede desenvolverse con una legislación exigente si conoce sus límites.

Puede calcular salarios, transporte, energía y financiamiento.

Incluso puede incorporar cierto riesgo político al precio de su inversión.

Lo que resulta mucho más difícil de calcular es qué parte del contrato seguirá significando lo mismo después de la próxima elección.

Ese es el impuesto invisible argentino.

No figura en ninguna factura.

No tiene alícuota.

No se paga en la Aduana.

Se llama incertidumbre.

Y puede resultar más caro que muchos tributos juntos.

Por eso la Argentina Week de París tiene un significado que va bastante más allá de las fotografías, los discursos, los premios y los apretones de manos.

Argentina posee hoy algo que el mundo necesita: energía, minerales críticos, alimentos y talento.

Eso consigue miradas.

No necesitamos mendigarlas.

La pregunta comienza después.

¿Qué seguridad tiene quien invierta miles de millones en una mina, un gasoducto, una planta industrial o un proyecto energético de que las condiciones esenciales sobrevivirán a las próximas dos o tres presidencias?

Esa pregunta no debería contestarla Javier Milei.

Tampoco debería contestarla solamente la oposición.

Debería poder contestarla la Argentina.

Porque un país institucionalmente confiable no es aquel donde todos sus partidos piensan igual.

Eso sería imposible y, además, poco saludable.

Es aquel donde pueden detestarse políticamente, derrotarse en las urnas y reemplazarse en el gobierno sin considerar que cada victoria concede el derecho de incendiar los planos del arquitecto anterior.

Gobernar no significa conservar todo.

Pero tampoco puede significar refundar la República cada cuatro años.

Quizás allí se encuentre una parte del misterio argentino.

Un país que fue rico.

Que conoció etapas de bienestar.

Que sobrevivió golpes de Estado, inflaciones, hiperinflaciones, defaults, devaluaciones, controles, aperturas y cierres.

Que cayó y volvió a levantarse más veces de las que aconsejaría cualquier manual.

Y que continúa sentado sobre una cantidad formidable de riqueza.

Por eso Argentina no es un país sin futuro.

El problema es exactamente el contrario.

Ha tenido tantos futuros prometidos que terminó desconfiando del calendario.

París podrá escuchar esta semana las bondades de Vaca Muerta, el litio, el cobre, el agro, la energía nuclear y la inteligencia artificial.

Todo eso existe.

No es relato.

Está allí.

Debajo de la tierra, encima de ella o dentro de la cabeza de los argentinos.

Pero el capital que piensa quedarse veinte o treinta años hará una última pregunta antes de abrir la billetera:

¿Las reglas también estarán allí?

Porque conseguir que el mundo mire a la Argentina no es difícil.

Lo difícil es conseguir que, después de mirar, confíe.

Y todavía más difícil:

que cuando llegue el próximo gobierno, no haya que empezar otra vez.

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