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El gol en cuotas

Durante décadas, el deporte fue una fiesta popular. El Mundial de fútbol, Wimbledon o los Juegos Olímpicos se compartían como se comparten las alegrías familiares: sin contraseña, sin tarjeta de crédito y sin necesidad de consultar a un asesor financiero.

Bastaba una radio, un televisor o un vecino generoso. El gol era de todos y las lágrimas también. El abuelo discutía con el nieto, la madre preparaba el café y hasta el perro parecía entender cuándo había que ladrar para celebrar.

Pero los tiempos modernos decidieron ponerle peaje a la emoción. Primero apareció un canal especial, luego dos, después una plataforma, más tarde un paquete premium y, finalmente, una contraseña con vencimiento. El hincha ya no consulta la formación del equipo: primero verifica si la suscripción sigue activa.

Hay quienes aman el tenis desde hace medio siglo y descubren que para ver una semifinal deben contratar un servicio, luego otro y quizá un tercero, como si para entrar a Wimbledon hubiera que presentar el pedigree del can, la libreta sanitaria del gato y el certificado de buena conducta del loro.

El patriotismo deportivo, que debería ser un sentimiento natural y espontáneo, comenzó a cotizar en bolsa. Parecería que la alegría de ver jugar a los propios colores se transformó en un producto financiero con tarifas dinámicas y promociones por tiempo limitado.

En algunos lugares del mundo, sin embargo, todavía sobreviven gestos que recuerdan la esencia de las cosas. Días atrás, Elon Musk anunció la apertura de una frecuencia satelital destinada al pueblo cubano para facilitar el acceso a internet y permitir que muchos pudieran asomarse al mundo. Una escena que hizo recordar al pequeño Clarence, el león de “Daktari”, observando maravillado la selva desde una pantalla.

Quizás la tecnología no haya sido creada para encerrar las emociones detrás de un muro de pago, sino para acercar a las personas. Porque una final del Mundial, una carrera de Fórmula 1 o un partido de tenis no son únicamente un espectáculo: son conversaciones familiares, recuerdos y pequeños momentos compartidos que terminan formando parte de la memoria colectiva.

Nadie discute el derecho de quienes invierten y producen a recibir una justa retribución. Pero existe una diferencia entre remunerar el trabajo y convertir la pasión en un privilegio reservado para quienes pueden pagar varias llaves para abrir la misma puerta.

Tal vez por eso muchos siguen escuchando una vieja radio, buscando una transmisión amiga o agradeciendo a quien comparte una señal con la misma alegría con la que antes se compartía una botella de vino durante un partido. Porque el deporte nació para unir, no para recordar que incluso los sentimientos pueden venir con factura mensual.

Y quién sabe si algún día volveremos a descubrir que un gol, una volea o una bandera agitada por un niño tienen más valor cuando pertenecen a todos y no solamente a quienes lograron descifrar la contraseña correcta.

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