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Quien se quemó con el ajuste, cuando ve un serrucho llora

En la política argentina abundan los discursos encendidos, los gráficos optimistas y las promesas de recuperación. Lo que no suele abundar son las lágrimas. Por eso sorprendió la imagen de Mario Rivarola, intendente de Embalse, quebrándose en plena entrevista mientras intentaba explicar la situación que atraviesa su municipio.

No fue un llanto teatral ni una puesta en escena para las redes sociales. Fue, más bien, el gesto de alguien que siente que las cuentas ya no cierran ni en los papeles ni en la vida cotidiana. En un país acostumbrado a escuchar dirigentes que siempre tienen una respuesta para todo, la confesión de no saber qué hacer sonó casi revolucionaria.

Embalse no es una capital ni un centro financiero. Es una de esas localidades del interior profundo donde las estadísticas nacionales se convierten en empleos concretos, hospitales concretos y familias concretas. Allí, cada recorte tiene nombre y apellido antes de convertirse en porcentaje.

Rivarola describió una realidad que mezcla caída de recursos, dificultades para pagar salarios y una creciente presión sobre los servicios públicos. Según explicó, la reducción de fondos que bajan desde los distintos niveles del Estado ha dejado al municipio caminando por una cornisa cada vez más angosta.

A eso se suma la incertidumbre generada alrededor de la histórica unidad turística de Embalse, uno de los símbolos del turismo social argentino. La transferencia del complejo a la órbita de la Agencia de Administración de Bienes del Estado abrió más preguntas que respuestas, mientras trabajadores y sindicatos denuncian despidos y paralización de actividades.

Los cuarenta ceses laborales formalizados esta semana pueden parecer una cifra menor en los grandes despachos porteños. Sin embargo, en una comunidad de escala reducida cada empleo perdido multiplica su impacto sobre comercios, servicios y economías familiares. El efecto dominó suele ser más rápido que cualquier explicación técnica.

La escena del intendente relatando noches sin dormir y hospitales desbordados también expone otra tensión que atraviesa al país. El ajuste puede medirse en planillas de cálculo, pero termina manifestándose en guardias médicas, oficinas municipales y hogares donde las cuentas siguen llegando con puntualidad británica.

Nadie discute que la Argentina arrastra desequilibrios económicos profundos. La discusión aparece cuando las correcciones llegan al territorio. Allí donde la macroeconomía baja del escenario y se encuentra con calles, escuelas, dispensarios y trabajadores que esperan respuestas más tangibles que los indicadores financieros.

Por eso el pedido final de Rivarola sonó menos partidario que humano. Reclamó diálogo, menos peleas y más atención a los problemas concretos del interior. Una solicitud sencilla que, en la Argentina contemporánea, parece haberse convertido en una aspiración ambiciosa.

Porque cuando el ajuste todavía es una palabra, muchos lo celebran. El problema aparece después, cuando el serrucho deja de ser una metáfora y empieza a escucharse desde la ventana. Entonces, como enseña la sabiduría popular, quien ya se quemó una vez, cuando ve acercarse la herramienta, inevitablemente llora.

🖋️ © 2026 El Analista del Fondo y de la Caja
Cronista de los números que terminan convirtiéndose en destinos humanos.


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