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Argentina sin Fuerza

La noticia no llegó con redobles de tambor ni con el rugido de los motores sobre la avenida Del Libertador. Llegó en silencio, como suelen llegar las decisiones que incomodan. El Gobierno analiza suspender el desfile militar del próximo 9 de Julio y, aunque nadie lo haya anunciado oficialmente con bombos y platillos, en los cuarteles la posibilidad ya se comenta con resignación.

La explicación formal es sencilla: no hay instrucciones para organizar el operativo y tampoco abundan los recursos para financiarlo. La explicación política, en cambio, resulta bastante más interesante. Un Gobierno que hizo del ajuste una bandera parece haber descubierto que los símbolos también tienen precio.

Organizar un desfile militar no consiste únicamente en ordenar soldados sobre el asfalto. Implica trasladar tropas desde distintos rincones del país, movilizar vehículos, aeronaves, equipos de apoyo y desplegar una compleja maquinaria logística. Todo eso consume combustible, alojamiento, alimentación y una larga lista de gastos que no suelen aparecer en las fotografías oficiales.

La situación adquiere un matiz singular porque fue precisamente la administración libertaria la que rescató estos desfiles del olvido en 2024, presentándolos como una reivindicación institucional de las Fuerzas Armadas. Aquella postal mostró miles de efectivos, tanques, helicópteros y aviones recorriendo la capital bajo la mirada del presidente Javier Milei y la vicepresidenta Victoria Villarruel.

Dos años después, el entusiasmo parece haberse encontrado con la calculadora. El último gran desfile demandó más de 720 millones de pesos. Actualizada por inflación, la cifra hoy podría acercarse a los mil millones. En tiempos donde cada peso es examinado con lupa, la exhibición militar corre el riesgo de ser considerada un lujo incompatible con la ortodoxia fiscal.

Sin embargo, el problema no se limita al costo de una ceremonia. El debate refleja una cuestión más profunda: la situación presupuestaria de la Defensa nacional. Los recientes recortes alcanzaron programas operativos, mantenimiento, equipamiento y logística. Dicho en términos menos burocráticos, las Fuerzas Armadas reciben la orden de hacer más con menos.

La contradicción resulta difícil de ignorar. Mientras se reducen partidas esenciales, el Gobierno apuesta simultáneamente a la incorporación de los nuevos cazas F-16 adquiridos a Dinamarca, una operación destinada a recuperar capacidades estratégicas perdidas hace décadas. El mensaje parece ser que el futuro llegará volando a velocidad supersónica, aunque el presente continúe avanzando a pie.

En los ámbitos militares tampoco ayuda el clima interno. Las discusiones salariales y los problemas que atraviesa la obra social IOSFA alimentan un malestar que ya no puede disimularse detrás de los uniformes de gala. Para muchos cuadros, el eventual desfile suspendido sería apenas el síntoma más visible de una situación mucho más extensa.

La historia argentina tiene una curiosa costumbre: suele rendir homenaje a sus instituciones en los discursos mientras les ajusta los recursos en los presupuestos. Las Fuerzas Armadas conocen bien esa tradición. Cambian los gobiernos, cambian los relatos y cambian las prioridades, pero la tensión entre reconocimiento simbólico y financiamiento real permanece sorprendentemente intacta.

Quizás el próximo 9 de Julio el Presidente viaje a Tucumán y encabece una ceremonia austera, sin columnas marchando ni aeronaves cruzando el cielo. Si eso ocurre, la imagen será poderosa. Porque una nación puede prescindir de un desfile sin mayores consecuencias. Lo que resulta bastante más difícil es sostener durante años unas Fuerzas Armadas cada vez más llamadas a representar la soberanía del país, mientras disponen de menos recursos para ejercerla.



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