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Libertad y conocimiento

Bolivia derogó la ley que regulaba los estados de excepción mientras, en las rutas bloqueadas, una anciana herida debía ser cargada en camilla durante kilómetros para alcanzar una ambulancia. Entre la teoría de las libertades absolutas y la crudeza de las consecuencias, vuelve a aparecer una vieja pregunta: ¿hasta dónde llega la libertad cuando el conocimiento de sus efectos parece ausente?

La política latinoamericana tiene una extraña habilidad para convertir las palabras nobles en herramientas peligrosas. “Libertad” es una de ellas. Suena luminosa, heroica, casi sagrada. Pero cuando se pronuncia sin responsabilidad, sin cultura cívica y sin conciencia de las consecuencias, puede terminar funcionando como una llave inglesa arrojada dentro del motor institucional de un país.

Bolivia acaba de derogar la Ley 1341, la norma que desde 2020 regulaba los estados de excepción y el accionar de las fuerzas del orden. La Cámara de Diputados la eliminó tras una maratónica sesión virtual, en nombre de nuevas prioridades políticas y bajo el argumento de revisar límites y competencias del poder estatal. La noticia podría parecer apenas un capítulo jurídico más dentro del cansado ajedrez parlamentario andino. Pero el problema nunca es solamente la ley escrita. El problema es el clima cultural que la rodea.

Porque mientras los legisladores debatían sobre garantías, procedimientos y atribuciones, en Huajchilla una ambulancia no podía avanzar debido a los bloqueos. Una mujer mayor, con posible fractura pélvica, terminó siendo trasladada en camilla durante varios kilómetros por rescatistas agotados que caminaron entre piedras, barro y piquetes improvisados. La escena parece salida de una república en guerra, no de un país que discute derechos constitucionales en sesiones digitales de cinco horas.

Y allí aparece la paradoja moderna: muchos creen que la libertad consiste simplemente en eliminar restricciones. Cortar rutas. Impedir el paso. Desobedecer normas. Desafiar cualquier límite estatal. Pero la libertad sin conocimiento termina pareciéndose bastante al capricho. Y el capricho colectivo suele desembocar en la ley del más fuerte, del más ruidoso o del más fanático.

La filosofía jurídica lleva siglos insistiendo sobre un punto elemental: para que exista responsabilidad penal debe existir libertad de decisión. Sin libertad no hay culpa posible. Pero esa libertad presupone conocimiento. Comprender lo que se hace. Entender el daño potencial. Evaluar consecuencias. Allí entra en juego la cultura, la educación y hasta el nivel de civilización práctica de una sociedad.

Cuando una ambulancia queda atrapada entre consignas políticas, ya no se trata solamente de protesta social. Se trata de una ruptura moral mucho más profunda. Porque bloquear el paso de médicos o rescatistas implica desconocer algo básico: que la vida ajena no puede transformarse en moneda de presión política. Ni siquiera en nombre de causas legítimas.

El drama es que América Latina lleva años confundiendo rebeldía con virtud automática. Como si cualquier gesto de confrontación contra el orden fuese moralmente superior por definición. Y entonces aparecen generaciones enteras convencidas de que la libertad consiste en no aceptar reglas, aunque después deban cargar ancianos en camillas durante siete kilómetros porque nadie puede circular.

En teoría, el Estado debe evitar abusos durante los estados de excepción. Correcto. Pero también debería impedir que el caos social termine reemplazando al derecho. Porque cuando la autoridad desaparece completamente, no nace la libertad romántica de los discursos universitarios. Nace algo mucho más viejo y mucho más brutal: la selva.

Los rescatistas bolivianos regresaron caminando, agotados, después de cumplir su misión. Y probablemente allí haya una metáfora involuntaria de toda la región. Personas comunes sosteniendo con esfuerzo físico lo que las élites políticas destruyen con discursos abstractos sobre derechos, soberanía y luchas populares.

Tal vez el verdadero problema de nuestra época no sea la falta de libertad. Tal vez sea algo más incómodo: la creciente incapacidad de comprender qué significa realmente ser libres sin destruir la posibilidad de convivir.

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