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El Rey desnudo… y la Abuela Pecas encantada por el manto

Mientras media Argentina aprende a sobrevivir con el sueldo de dos semanas, otra mitad continúa defendiendo el desfile del Rey desnudo como si estuviera observando la coronación de un emperador romano. El problema ya no es solamente económico. Empieza a ser emocional, cultural y casi religioso.

Hay algo fascinante en la vieja fábula de The Emperor’s New Clothes: el rey está desnudo, pero la multitud decide aplaudir igual. No porque todos sean idiotas, sino porque admitir la realidad implicaría aceptar que fueron seducidos, manipulados o simplemente demasiado cómodos para mirar de frente.

En la Argentina de Javier Milei empieza a aparecer un fenómeno parecido. Mientras aumentan las dificultades cotidianas, crece también un ejército de ciudadanos dispuestos a justificar cualquier cosa en nombre de una promesa futura que todavía no llega, pero que se anuncia como si estuviera doblando la esquina desde hace dieciocho meses.

Y allí aparece la famosa “Abuela Pecas”. Esa clase media acomodada de otras épocas, criada en la cultura del ahorro heredado, el departamento ya pago, la jubilación razonable y el supermercado todavía relativamente lleno. Gente que muchas veces no vive la precariedad diaria con la misma intensidad que quien alquila, cambia de trabajo cada seis meses o calcula el precio del tomate como si fuera cotización del Nasdaq.

La radicalización no siempre nace del hambre. A veces nace exactamente del confort. Del miedo a perder privilegios. Del rechazo visceral a todo lo que huela a desorden popular, sindicatos, piquetes, inflación o decadencia urbana. Entonces el “Rey desnudo” deja de ser un problema y pasa a transformarse en una especie de cruzado moral que viene a castigar a los culpables del desastre anterior.

Por eso algunos sectores soportan el ajuste casi con entusiasmo litúrgico. Ven cerrar fábricas y responden que eran inviables. Observan despidos y contestan que “había demasiados empleados”. Escuchan que el salario ya no alcanza y repiten que “hacía falta sincerar la economía”. Como si la heladera vacía fuese un trámite administrativo previo al paraíso liberal.

La novedad argentina no es solamente económica. Es psicológica. El sacrificio dejó de venderse como una desgracia temporal y empezó a comercializarse como una virtud moral. Sufrir parece haberse convertido en certificado de pureza ideológica. Cuanto más duele, más convencidos están algunos de que el camino es correcto.

Mientras tanto, los medios, las redes y los algoritmos hacen el resto. Cada grupo escucha únicamente las campanas que desea escuchar. Unos creen vivir en la Alemania de posguerra reconstruyéndose hacia el milagro económico. Otros sienten estar dentro de un Titanic administrado por influencers financieros. Y ambos bandos ya casi no comparten ni siquiera la misma percepción de la realidad.

La paradoja más elegante del mileísmo tal vez sea esa: el Presidente llegó prometiendo destruir el relato… y terminó construyendo uno nuevo, todavía más emocional, más épico y más impermeable a las estadísticas incómodas. Un relato donde el futuro siempre está por llegar, aunque el presente ya haya empezado a pedir respirador artificial.

Pero cuidado: la historia del Rey desnudo nunca termina cuando el niño grita que el emperador no tiene ropa. Lo verdaderamente interesante ocurre después. Cuando la multitud debe decidir si admite la evidencia… o si continúa aplaudiendo para no reconocer que caminó demasiado tiempo detrás de un manto invisible.

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