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Doctor Jekyll y el señor Hyde

Argentina
Entre la política y la memoria, hay gestos que envejecen mal y otros que, con el tiempo, parecen reescribirse solos. Javier Milei ha decidido ubicarse en esta segunda categoría: la del dirigente que, en apenas dos años, pasó de la invectiva desatada al elogio solemne, sin detenerse demasiado en las huellas de su propio discurso.

El contraste no es menor. En noviembre de 2023, cuando aún resonaban sus calificativos hacia Papa Francisco, la política —esa gran moderadora de excesos— lo obligó a ensayar un giro. De los insultos al “Vuestra Santidad”, del rechazo frontal al tono institucional. Aquella llamada desde Santa Marta no fue solo un gesto pastoral: fue, sobre todo, una lección silenciosa de realismo.

Hoy, la escena es otra. Desde el Santo Sepulcro, Milei rinde homenaje al mismo hombre al que antes descalificaba, y lo define como “el argentino más importante de la historia”. La frase, rotunda, no deja espacio para matices. Tampoco para recordar que, no hace tanto, ese mismo protagonista era presentado como símbolo de todo lo que el entonces candidato decía combatir.

La política argentina tiene larga tradición en estas metamorfosis, pero pocas veces se observan con tanta nitidez. No se trata de evolución —que sería saludable— sino de una mutación más abrupta, casi teatral. Como si el personaje hubiera cambiado de piel sin alterar del todo su naturaleza.

En su carta al Episcopado, Milei construye una figura de Jorge Mario Bergoglio atravesada por la trascendencia, el diálogo y la austeridad. Virtudes que, curiosamente, no figuraban en su repertorio previo. El Papa aparece ahora como guía moral, referente universal y símbolo de unidad nacional. Una relectura que parece escrita más desde la conveniencia que desde la convicción.

Sin embargo, el dato más interesante no está en el elogio sino en el contexto. Milei habla desde Israel, en un escenario cargado de simbolismo religioso y político, mientras Argentina atraviesa tensiones económicas y sociales que requieren algo más que gestos hacia el pasado. La evocación del Papa funciona así como refugio narrativo, un lugar seguro donde proyectar consenso sin pagar costos inmediatos.

Hay, en todo esto, una pregunta inevitable: ¿qué versión es la verdadera? ¿El Milei que denunciaba con furia o el que hoy celebra con solemnidad? La respuesta, probablemente, incomode a quienes buscan coherencia en la política contemporánea. Porque tal vez ambas versiones conviven sin conflicto, como dos caras de una misma estrategia.

La figura de Doctor Jekyll y el señor Hyde no es aquí una metáfora exagerada, sino una descripción bastante precisa del mecanismo. La política permite —y a veces exige— estos desdoblamientos. El problema aparece cuando la memoria del público no acompaña la velocidad del cambio.

Al final, queda la impresión de que no ha cambiado tanto el personaje como el escenario. Y que, más que una reconciliación con el Papa, estamos frente a una adaptación al poder. Una de esas que no piden perdón: simplemente avanzan, confiando en que el tiempo haga su trabajo.

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