
La convocatoria al paro general expuso, una vez más, la tensión interna de la dirigencia sindical. No por el diagnóstico —la reforma laboral es leída como un retroceso profundo— sino por la respuesta: ¿paro activo con calle o paro total sin gente en la calle?
Rubén Urbano, desde la UOM Córdoba, puso palabras a un malestar que circula desde hace tiempo en las bases. Llamar “dominguero” al paro no es un exceso retórico: es la acusación de que la protesta pierde densidad política cuando se limita a la suspensión de tareas sin presencia visible en el espacio público.
Del otro lado, Omar Maturano confirmó que el paro será total y sin transporte. Su argumento es operativo: sin trenes ni colectivos, no hay movilización posible. La lógica es contundente, pero deja una pregunta abierta: ¿un paro que inmoviliza a la sociedad sin ocupar la calle logra construir poder o apenas administra el descontento?
La CGT vuelve a pararse en el centro de esa grieta incómoda entre conducción y clima social. El paro existe, pero su forma parece discutida incluso antes de comenzar. La protesta nace con una discusión interna que erosiona su potencia simbólica.
El trasfondo es más grave que una negociación salarial. La reforma laboral en debate interpela la arquitectura de derechos que el movimiento obrero reconoce como propios. Allí, la tibieza no es solo un defecto táctico: es un problema de lectura del momento político.
Un paro de 24 horas puede ser un gesto; un paro activo busca ser una señal de fuerza. Entre el gesto y la señal, la CGT parece elegir una tercera vía: cumplir con la medida sin definir con claridad el horizonte del conflicto.
La consecuencia es un mensaje fragmentado hacia los trabajadores. Unos escuchan que el escenario es “gravísimo”; otros ven una conducción que dosifica la respuesta como si se tratara de una pulseada menor.
En contextos de reformas estructurales, la forma de la protesta importa tanto como la protesta misma. No alcanza con parar: hay que disputar sentido. Y el sentido se disputa con presencia, narrativa y decisión política.
El sindicalismo argentino conoce esa gramática. La historia muestra que la calle no es solo un lugar de tránsito, sino un escenario de legitimidad. Renunciar a ella, aun por razones prácticas, es ceder parte del terreno simbólico.
La CGT enfrenta un dilema que ya no puede disimular: o redefine su modo de intervención en un tiempo de reformas profundas, o acepta que su respuesta quedará siempre a mitad de camino entre la advertencia y la resignación.
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