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La moral como política de Estado

Argentina
La política suele hablar de presupuestos, impuestos y elecciones. Javier Milei eligió otro camino. En el Palacio Libertad, durante un tributo al Rebe Menajem Mendel Schneerson, el presidente argentino dejó de lado las cifras y los balances para presentar una visión mucho más ambiciosa: la economía como consecuencia de una ley moral superior.

Su discurso tuvo menos de arenga partidaria y más de confesión intelectual. Citó la Torá, recordó conversaciones con el rabino Axel Vahnish y relató cómo una frase escuchada años atrás —la misión de traer el paraíso a la Tierra y no simplemente conducir a las personas hacia él— terminó convirtiéndose en el eje conceptual de su próximo libro.

Para Milei, la prosperidad no nace de los decretos ni de los programas económicos. Nace de una conducta moral determinada. Según su planteo, toda organización social descansa sobre una idea previa acerca del ser humano, y toda idea acerca del ser humano conduce inevitablemente a una concepción del bien y del mal. La economía sería apenas la consecuencia visible de esa elección.

El Presidente desarrolló entonces una tesis tan sencilla como polémica: los valores judeocristianos no serían únicamente una guía espiritual, sino también el fundamento práctico de la prosperidad material. En su visión, principios como no matar, no robar, no mentir y respetar la propiedad ajena no son solo mandamientos religiosos; constituyen las condiciones indispensables para el funcionamiento de una sociedad libre.

La exposición avanzó por un terreno donde la teología y la economía caminaron tomadas de la mano. El paraíso fue presentado como una condición de abundancia absoluta; la caída del hombre, como el momento en que aparecen la escasez, el esfuerzo y la necesidad de organizar el trabajo. En ese escenario, sostuvo Milei, el capitalismo de libre empresa emerge como la herramienta más eficaz para recuperar parte de aquella abundancia perdida.

No se trató únicamente de una defensa del mercado. El mandatario fue más lejos. Identificó al liberalismo con la liberación del hombre de toda forma de esclavitud y sostuvo que la libertad individual constituye un don anterior al propio Estado. En consecuencia, cualquier sistema que pretenda reemplazar esa libertad por la coerción terminaría generando pobreza, dependencia y decadencia.

La argumentación también tuvo un fuerte contenido histórico. Milei contrapuso los resultados de los sistemas basados en la libertad económica con los experimentos colectivistas del último siglo, a los que responsabilizó por millones de muertes y por la destrucción material de numerosas sociedades. Para él, la diferencia entre ambos modelos no es solamente económica: es esencialmente moral.

En uno de los pasajes más significativos, el Presidente vinculó la antigua historia de los exploradores enviados por Moisés con la situación contemporánea de la Argentina. Según su interpretación, el desafío actual no consiste en esperar soluciones externas ni en refugiarse bajo sistemas de asistencia permanente, sino en asumir la responsabilidad de producir, crear valor y transformar la realidad mediante el esfuerzo propio.

El mensaje final dejó claro que Milei ya no intenta presentar únicamente un programa económico. Aspira a ofrecer una cosmovisión completa. Una narrativa donde la libertad económica, la responsabilidad individual y la tradición religiosa forman parte de una misma arquitectura. Para sus partidarios, representa una propuesta de regeneración moral. Para sus críticos, una lectura discutible de la historia y de la fe. En cualquier caso, pocas veces un presidente argentino había expuesto con tanta claridad que, detrás de sus decisiones de gobierno, existe una convicción que trasciende la política cotidiana.

La historia recuerda los discursos. Los archivos conservan las teorías. Pero los pueblos suelen juzgar a sus gobernantes con una vara mucho más sencilla: si al final del día pudieron vivir un poco mejor que el día anterior.

Los discursos pueden llenar auditorios. Las ideas pueden llenar bibliotecas. Los gobernantes pueden llenar horas de televisión. Pero el único lugar donde un gobierno rinde examen todos los días es en la mesa de la cocina. Allí, lejos de los atriles, de las cámaras y de las citas eruditas, cada familia responde silenciosamente la única pregunta que realmente importa:

¿Vivimos mejor que ayer?

🖋️ El Traductor del Poder


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