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El Jefe de Gabinete también es rector de la Universidad… o descubrió la alquimia fiscal..?

La Argentina atraviesa una curiosa etapa histórica donde los salarios dejaron de ser números y pasaron a convertirse en piezas teatrales. El Presidente Javier Milei decidió mostrar su recibo de sueldo: poco más de cuatro millones de pesos brutos mensuales. Traducido al mercado real, apenas unos dos mil quinientos euros. Una cifra que, para un jefe de Estado del G20, parece más cercana al gerente de una estación de servicio europea que al administrador de un país continental.

La escena, naturalmente, fue utilizada para confrontar con los rectores universitarios. Según el mensaje difundido desde el oficialismo, algunos cobran hasta cuatro veces más que el Presidente. Y allí apareció la nueva doctrina libertaria: el problema de la universidad pública no sería la falta de presupuesto, sino los sueldos de quienes la administran.

Hasta ahí, la discusión podría entrar en el terreno ideológico habitual. Pero el inconveniente aparece cuando el relato económico comienza a tropezar con la aritmética elemental. Porque si el Presidente gana alrededor de treinta mil dólares anuales, y el jefe de Gabinete se mueve en cifras similares, la pregunta deja de ser política y pasa a ser casi contable: ¿cómo se sostiene el nivel de vida, la exposición mediática, los viajes, la estructura y ciertos movimientos patrimoniales bajo semejante austeridad salarial?

En otras palabras: o el Gobierno descubrió la fórmula para vivir en Puerto Madero con sueldo de empleado administrativo europeo… o las cuentas públicas necesitan un traductor simultáneo.

La ironía se vuelve todavía más incómoda cuando aparece el nombre de Manuel Adorni. El mismo funcionario que hoy enfrenta preguntas sobre movimientos patrimoniales comparte abogado con integrantes de la familia Mellino, vinculada al circuito financiero investigado en el caso de la criptomoneda $LIBRA. Un detalle que quizá no pruebe nada ilegal, pero sí aporta un perfume desagradable en medio del discurso permanente sobre transparencia y superioridad moral.

Porque en política, las coincidencias jurídicas suelen tener el mismo problema que las manchas de humedad: nadie les presta atención al principio, hasta que el techo empieza a caerse.

Mientras tanto, el oficialismo insiste en presentar la marcha universitaria como una conspiración opositora disfrazada de reclamo académico. Todo forma parte, según la narrativa libertaria, de “las cajas” que quieren sobrevivir al ajuste. Sin embargo, el argumento empieza a desgastarse cuando millones de personas observan que el sacrificio siempre cae sobre los mismos hombros, mientras las explicaciones económicas se vuelven cada vez más nebulosas.

La universidad pública argentina podrá tener excesos, burocracia y privilegios discutibles. Nadie serio lo niega. Pero transformar cada reclamo en una conspiración partidaria es un método peligroso: convierte cualquier pregunta incómoda en herejía política.

Y allí aparece la verdadera contradicción de esta época. Un Gobierno que llegó prometiendo dinamitar privilegios termina obligado a explicar cómo algunos funcionarios sobreviven con salarios que, en cualquier país desarrollado, apenas alcanzarían para alquilar un departamento mediano.

Tal vez el problema no sea que los rectores ganen demasiado.

Tal vez el misterio sea otro.

Tal vez el jefe de Gabinete no sea rector universitario… pero claramente alguien en la Casa Rosada está dando clases magistrales de contabilidad imaginaria.

🖋️ El Analista del Fondo y de la Caja
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