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 I Poveri Lazzari

Argentina

La escena tiene algo de teatro barroco: una misa en Luján que pretendía ser memoria y terminó siendo tribuna. Y en medio del ritual, la ausencia que hace ruido. Victoria Villarruel no fue. Se bajó. Y al explicar su decisión, no eligió el silencio piadoso sino la frase punzante: allí estaba “lo peor de la casta política”.

No es una frase inocente ni improvisada. Es una definición que convierte una ceremonia religiosa en un campo de disputa moral. Porque cuando la política entra a la iglesia con traje de primera fila, ya no reza: posa. Y cuando alguien decide correrse, no se retira del acto, sino del reparto.

Villarruel eligió otro altar, más pequeño y más simbólico: María Auxiliadora, en Caballito, donde fue bautizado Jorge Bergoglio. Un gesto que busca pureza en el origen, casi como si el problema no fuera la fe, sino sus administradores circunstanciales. La escena cambia de escala, pero no de tensión.

La vicepresidente habló de “politización” de la misa de Luján. Y en ese punto, la acusación tiene filo porque no distingue colores. En las primeras filas estaban oficialistas con cargos y cuestionamientos; en las de atrás, opositores con pasado y ambiciones. Todos, bajo el mismo techo, compitiendo por una foto que no pertenece a nadie.

La religión, cuando se mezcla con la política, pierde silencio. Y sin silencio, pierde profundidad. Lo que debía ser recuerdo del Papa Francisco —figura que incomodó tanto a propios como ajenos— terminó convertido en un espejo incómodo donde cada dirigente se mira buscando legitimidad.

Villarruel, al correrse, intenta apropiarse de otro relato: el de la coherencia personal. “Prefiero estar con la gente”, dijo. Una frase simple, casi de manual, pero eficaz en un país donde la distancia entre representantes y representados ya no es geográfica, sino emocional.

Sin embargo, también hay cálculo en la pureza. Porque en la Argentina actual, diferenciarse de “la casta” sigue siendo moneda política de alto valor. Y hacerlo en un contexto religioso amplifica el mensaje: no es solo una crítica política, es casi una absolución personal.

Mientras tanto, el Gobierno navega una escena incómoda. Con el presidente Javier Milei en el exterior, la vicepresidenta ocupaba el rol institucional que exigía presencia. Su ausencia, entonces, no es solo simbólica: es también un gesto de autonomía, quizás de distancia.

“I Poveri Lazzari”, los pobres de espíritu que pueblan las viejas crónicas italianas, reaparecen aquí como metáfora. No de pobreza material, sino de una política que busca redención en escenarios equivocados. Porque cuando el poder necesita del altar para legitimarse, algo más profundo ya está en crisis.

Y así, entre velas y declaraciones, la misa terminó siendo otra cosa: no un acto de fe, sino una escena más del interminable drama argentino, donde incluso Dios parece obligado a compartir protagonismo con la política.

 ✍️ © El Traductor del Poder | 2026


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