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En Nombre del Padre

La República Islámica de Irán, fundada para erradicar monarquías, acaba de perfeccionar una. La Asamblea de Expertos anunció pasada la medianoche en Teherán que Mojtaba Jamenei, hijo del fallecido ayatolá Ali Jamenei, se convertirá en el nuevo líder supremo del país. El sistema que prometía liderazgo divino por mérito teológico acaba de resolver la sucesión con un gesto que recuerda sospechosamente a la vieja costumbre de heredar el trono en familia.

La proclamación fue presentada con solemnidad religiosa. “Por votación decisiva”, comunicó el órgano clerical encargado de elegir al líder supremo, Mojtaba Jamenei fue designado como “tercer líder del sistema sagrado de la República Islámica”. Traducido del lenguaje ceremonial: el poder encontró continuidad sin necesidad de experimentar con caras nuevas.

El nuevo ayatolá no llega solo. Lo respalda el sector más duro del establishment religioso y, sobre todo, el poderoso Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, verdadero músculo del régimen. En Teherán nadie ignora que la supervivencia política en la República Islámica depende tanto de la fe como de los hombres armados que la custodian.

La elección tiene además un valor simbólico que en Irán se exhibe sin pudor: irritar a Washington. Donald Trump había dejado claro que Mojtaba Jamenei sería un sucesor “inaceptable”. El comentario, lejos de perjudicarlo, terminó funcionando como una recomendación involuntaria.

Uno de los miembros de la Asamblea de Expertos, el ayatolá Mohsen Heidari Alekasir, lo explicó con una franqueza que roza la ironía: según dijo, el propio Ali Jamenei aconsejaba que el líder de Irán debía ser “odiado por el enemigo” antes que elogiado. En esa lógica revolucionaria, si el “Gran Satán” protesta, la decisión debe ser correcta.

La televisión estatal iraní difundió la noticia como si se tratara de una coronación religiosa. El presidente del parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, celebró el nombramiento y recordó que seguir al nuevo líder es un “deber religioso y nacional”. En otras palabras: obediencia espiritual y disciplina política, todo en el mismo paquete.

La Guardia Revolucionaria no tardó en sumarse al coro. En un comunicado, la organización aseguró estar “lista para la obediencia completa y el autosacrificio” para cumplir las órdenes del nuevo líder. En el vocabulario oficial iraní, esa frase significa algo muy concreto: el aparato militar ya eligió a quién responder.

Del otro lado del tablero, Trump volvió a hablar. En una entrevista con ABC News insistió en que Estados Unidos debería tener voz sobre quién gobierna Irán. “Si no obtiene nuestra aprobación, no durará mucho”, dijo. Es una forma curiosa de practicar la diplomacia: decidir quién manda en otro país… desde un estudio de televisión.

Mientras tanto, la guerra no espera a que se resuelvan las ceremonias políticas. Estados Unidos e Israel intensificaron los ataques contra infraestructura iraní, alcanzando por primera vez instalaciones clave del sector energético y una planta desalinizadora.

Uno de los bombardeos israelíes golpeó un gran depósito de combustible en Teherán y provocó incendios masivos visibles desde distintos puntos de la capital. La explosión liberó una nube de humo químico que se extendió sobre la ciudad y despertó temores de lluvia ácida, un recordatorio desagradable de que la guerra moderna también puede caer del cielo en forma de contaminación.

El contexto es brutalmente claro: Israel mató al ayatolá Ali Jamenei, de 86 años, al comienzo de la actual campaña aérea y ha advertido que podría hacer lo mismo con quien ocupe su lugar. La sucesión, por lo tanto, no es sólo una cuestión religiosa o política. También es una cuestión de supervivencia.

Así, en medio de bombardeos, amenazas y discursos inflamados, Irán acaba de consagrar a su nuevo líder supremo. El detalle incómodo es que la revolución que prometía acabar con los linajes terminó pronunciando la fórmula más antigua del poder: en nombre del Padre… y ahora del hijo.

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