
Argentina amaneció con una novedad institucional que nadie pidió pero todos temíamos: el Gobierno inauguró su propio kiosco de la verdad. No un ministerio con ventanilla, sino una cuenta en X, ese espacio donde la verdad dura lo que tarda en llegar el próximo tuit.
La Oficina de Respuesta Oficial de la República Argentina nació con una misión noble en el papel y autoritaria en el aroma: “desmentir la mentira”. Redundancia incluida, como para que no queden dudas de que el problema no es la precisión del lenguaje, sino quién tiene el micrófono.
El Presidente la celebró con entusiasmo libertario desde su cuenta personal, ese púlpito digital desde el que se reparten herejías y se canonizan fieles. Porque en la Argentina de Milei la verdad no se verifica: se retuitea.
La novedad se suma a la mamushka de cuentas oficiales que ya funcionan como coro evangelizador: Presidencia, Vocería, Casa Rosada y los perfiles personales de los funcionarios que ofician de apóstoles del relato. Faltaba el sumo sacerdote del “desmentido”.
El timing no es inocente. La Oficina aparece después del sainete por el Indec y la salida de Marco Lavagna, un episodio explicado con más versiones que una remake de Hollywood: que se fue, que lo fueron, que quería publicar un índice, que no quería, que conspiraba, que lo conspiraban. El multiverso oficial en su máxima expresión.
Frente a ese desorden, el Gobierno encontró una solución simple: centralizar el desmentido. No para ordenar los hechos, sino para ordenar el discurso. La verdad no como resultado de datos, sino como producto enlatado.
El texto inaugural promete “combatir la desinformación brindando más información”. Una frase que suena bien hasta que uno recuerda que la sobreinformación también puede ser una forma elegante de tapar lo incómodo.
Como condimento ideológico, no faltó el tiro al socialismo, ese comodín que se invoca cuando la realidad molesta. Si llueve, es culpa del Estado; si hay nubes, del marxismo; si el Indec cruje, de una operación mediática.
La Oficina se presenta como lo opuesto a la censura, aunque su lógica es menos liberal de lo que proclama: no prohíbe voces, las sepulta bajo la voz oficial amplificada. No calla al otro; lo ahoga a volumen.
La referencia involuntaria a Orwell no es un exceso literario: cuando un gobierno se arroga la tarea de “que la verdad vuelva a ser información”, está confesando que la información dejó de ser verdad y pasó a ser material de edición.
En el país donde los números del Indec valen según quién los pronuncie, la nueva cuenta promete “desenmascarar operaciones”. Habrá que ver si también se anima a desenmascarar las propias.
Mientras tanto, la Argentina suma otra ventanilla para tramitar la realidad. La verdad, ahora, viene con sello oficial. Y como todo trámite estatal, habrá que hacer fila para creerla.
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