
Argentina
La Patagonia arde. Arde en serio, sin metáfora ni exageración poética. Bosques milenarios convertidos en ceniza, parques nacionales cercados por el fuego y brigadistas exhaustos peleando contra un enemigo que no negocia. Pero desde Palermo al Norte, el humo no llega: se disipa antes de cruzar la agenda presidencial.
Mientras más de 45 mil hectáreas del Parque Nacional Los Alerces ya son historia quemada, el Presidente ensaya discursos en inglés y revisa el dress code para su debut en Mar-a-Lago. Prioridades claras: el fuego se apaga solo, las fotos internacionales no.
Cuatro parques nacionales en jaque, cinco provincias bajo emergencia ígnea, cientos de brigadistas desplegados y un Estado que corre desde atrás. Eso sí: con comunicados prolijos, partes diarios y el clásico “seguimos monitoreando la situación”. El fuego, agradecido por tanta vigilancia pasiva, sigue avanzando.
Las condiciones climáticas son adversas, dicen. Viento, calor, sequía. Todo cierto. Lo que no mencionan es la sequía de conducción política cuando el desastre no entra en la lógica del mercado ni promete likes globales. La Patagonia no cotiza en dólares ni se codea con magnates.
En el sur, los brigadistas piden paso libre para los vehículos oficiales. En el norte del poder, el Presidente pide pista para su viaje. Dos urgencias distintas, una sola Nación partida por la indiferencia. El Estado como bombero voluntario, el Presidente como turista premium.
La declaración de Emergencia Ígnea llega, como siempre, cuando el incendio ya escribió su propio parte de guerra. Santa Cruz se suma a la lista, mientras los ecosistemas pagan el costo de una política ambiental reducida a PowerPoint y buena voluntad.
Los parques Lago Puelo, Nahuel Huapi y Lanín resisten como pueden. No hay épica ahí: hay cansancio, riesgo y una pelea desigual contra el fuego. Pero no habrá cadena nacional, ni conferencia urgente, ni desvío de agenda internacional.
La Argentina del sur se quema en silencio, mientras el poder mira hacia el norte, hacia las palmeras ajenas y los aplausos importados. Desde Palermo al Sur, el fuego avanza. Desde Palermo al Norte, el Presidente despega. Y el humo, una vez más, no entra en la Casa Rosada.
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