
Febrero se convirtió en un pasillo angosto donde el Gobierno intenta pasar corriendo con dos paquetes bajo el brazo: un acuerdo comercial con la Unión Europea y una reforma penal juvenil que quema en la mano. Todo junto, todo ya, todo en la misma sesión. La política, versión desfile apurado: bombos, platillos y ningún tiempo para afinar.
La ratificación del UE–Mercosur es presentada como proeza diplomática: ser los primeros del bloque en decir “sí” para habilitar la aplicación provisional. Traducido: apurar el brindis mientras en Bruselas todavía discuten si la botella tiene etiqueta legal. Audacia estratégica para los mercados; ansiedad institucional para el manual de procedimientos.
El truco es la velocidad. Comisiones que nacen un martes, dictaminan un miércoles y desfilan el jueves. El Parlamento convertido en food truck de proyectos densos: servicio express para platos que requieren cocción lenta. La técnica legislativa, en modo microondas.
El argumento oficial es noble en el PowerPoint: neutralizar demoras técnicas por traducciones y coordinaciones regionales. En la práctica, la ingeniería parlamentaria se parece más a una carrera de postas con los ojos vendados. La prisa no corrige errores; los multiplica con glamour.
Mientras tanto, en el mismo combo, baja de imputabilidad a los 14. Dos agendas que no dialogan entre sí, pero viajan en el mismo camión. Libre comercio para afuera, mano dura para adentro: diplomacia de seda y seguridad de lija. La coherencia, invitada al corso, se perdió entre los papelitos.
El oficialismo vende gobernabilidad como quien vende espuma: cubre mucho, dura poco. La “alta intensidad” es un eslogan simpático cuando se habla de gestión; es un problema cuando se habla de deliberación. Las reformas estructurales no son karaoke: no se improvisan con la pista puesta.
El Carnaval aparece como excusa logística y metáfora política. Extender extraordinarias para que la fiesta no interrumpa la agenda suena responsable; usar la fiesta para apurar la agenda suena oportunista. En febrero, la política quiere bailar sin que nadie mire los pasos.
Los bloques dialoguistas son convocados a la mesa como si fuera una previa cordial. Traducido: negociar a contrarreloj con el cronómetro del Ejecutivo marcando el ritmo. Consensos exprés: se firman de pie, con el saco puesto y el taxi esperando.
Mensaje al mundo: previsibilidad para inversores. Mensaje al país: decisiones rápidas para problemas complejos. En el medio, el Congreso juega a ser comparsa de un guion ya escrito. La democracia no es un desfile: es ensayo, discusión y, a veces, desafinar a tiempo.
Si febrero termina convertido en postal de “reformas concluidas”, habrá foto para la vidriera internacional. Falta ver si, pasado el confeti, alguien se anima a barrer el piso de los detalles. Porque lo que se aprueba a ritmo de murga, después se gobierna con metrónomo.
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