
Goya, Corrientes – Argentina
La escena parece escrita por un guionista cínico: una escuela pública que cuelga un cartel para avisar que ya no queda nada por robar. No es ironía ni humor negro. Es prevención tardía, resignación aprendida, y una forma brutal de comunicar lo obvio: el límite ya fue cruzado.
La Escuela N.º 254 “Pedro Alcántara Díaz Colodrero”, conocida como la escuela del Asilo, no llegó a los titulares por un premio ni por una feria de ciencias —que las tuvo—, sino por el saqueo. Durante el fin de semana del 27 y 28 de diciembre, se llevaron el motor que abastece de agua potable al establecimiento. Agua. Lo mínimo. Lo esencial.
Como si no alcanzara, el recorrido delictivo siguió hasta el JIN N.º 11, donde funcionan las salas de 4 y 5 años. Rejas forzadas, candados rotos, destrozos varios. El inventario del daño es prolijo; la respuesta, no tanto. La infancia no suele figurar en los partes policiales como agravante moral.
La directora, Mónica Samaniego, explicó con congoja la colocación de los carteles. No son consignas políticas ni llamados al esfuerzo comunitario: son avisos de supervivencia. Un “no insistan” colgado donde antes había proyectos educativos.
Esta no es una escuela cualquiera. Es un establecimiento que, año tras año, sostuvo maratones de lectura, semanas de las artes, ferias de ciencias y logros estudiantiles a fuerza de vocación. Un lugar donde el esfuerzo todavía competía con la intemperie.
Pero cuando el delito se naturaliza, la pedagogía se invierte. Se enseña que lo público es de nadie; que robarle a una escuela no tiene costo; que la infancia es un daño colateral aceptable. El cartel no espanta ladrones: retrata un Estado ausente.
No es la primera vez que ocurre. Y esa repetición es el dato más grave. Porque cada robo no solo quita agua, candados o motores: quita tiempo, energía, confianza. Quita futuro en cuotas pequeñas, casi invisibles.
“Acá ya se robaron todo” no es una frase. Es un diagnóstico. Y mientras siga colgado ese cartel, la lección más dura no la aprenderán los delincuentes, sino los chicos que vuelven a clases sabiendo que su escuela ya fue vencida una vez más.
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