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Destrucción de la industria argentina

La escena es casi cinematográfica: en Washington, el ministro de Economía, Luis Caputo, posa satisfecho tras una “excelente semana” de reuniones con organismos internacionales. En paralelo, a miles de kilómetros, en Argentina, fábricas apagan sus máquinas. Dos realidades que no se tocan, pero que se explican entre sí.

El Gobierno festeja haber conseguido refinanciar deuda a tasas más bajas, como si el éxito consistiera en deber menos caro en lugar de deber menos. El problema es más profundo: se toma nueva deuda para pagar deuda vieja, sin que en el medio aparezca el músculo productivo que permita sostener ese equilibrio. Es una contabilidad prolija sobre una economía que se vacía.

Mientras tanto, la industria ofrece su propio balance, mucho menos optimista. El caso de SanCor no es solo una quiebra: es la caída de un modelo cooperativo con casi nueve décadas de historia, que supo articular producción, empleo y territorio. De cuatro millones de litros diarios a apenas quinientos mil. De miles de trabajadores a una estructura en retirada. No es una crisis: es una amputación.

La lista continúa y ya no sorprende, lo cual es aún más grave. Fábricas que no solo producían, sino que sostenían cadenas completas de valor, desaparecen sin reemplazo. La consecuencia no es únicamente el desempleo, sino algo más silencioso: la pérdida de saber hacer, de tecnología, de autonomía económica.

Cuando cierra una empresa como FAPA, no se pierde una marca, se pierde un sector entero. Cuando desaparecen sus aisladores eléctricos, no se reemplazan fácilmente: se importan. Y cada importación no es solo un producto que entra, sino una capacidad que se va. El país empieza a depender de lo que antes sabía fabricar.

El mismo patrón se repite en sectores clave: desde la industria química hasta la metalmecánica, desde los insumos médicos hasta la producción de neumáticos. La salida de actores como FATE o el cierre de plantas con tecnología de punta, como la de Whirlpool, no son episodios aislados. Son síntomas de una reconfiguración en la que producir localmente deja de ser viable.

El argumento oficial suele apoyarse en la eficiencia: abrir la economía, abaratar costos, dejar que el mercado ordene. Pero el mercado no construye industria desde cero en contextos adversos; la reemplaza. Y lo que se pierde en ese tránsito rara vez vuelve. La historia económica está llena de países que abandonaron sectores estratégicos y nunca lograron reconstruirlos.

A la vez, el superávit fiscal exhibido como trofeo adquiere otro matiz cuando se lo mira desde este ángulo. Puede haber equilibrio en las cuentas públicas, pero desequilibrio en la estructura productiva. Y ese tipo de desbalance no aparece en las planillas, pero sí en las calles, en las fábricas cerradas, en los pueblos que pierden su razón de ser.

El riesgo no es solo coyuntural. Es estructural. Un país que reemplaza producción por importación y trabajo por deuda entra en una lógica de dependencia difícil de revertir. Se vuelve más vulnerable, más condicionado y, sobre todo, menos capaz de decidir su propio rumbo económico.

Así, mientras en Washington se celebra haber conseguido aire financiero, en Argentina se consume el oxígeno industrial. Y en esa paradoja —deuda ordenada, industria desordenada— se juega algo más que una política económica: se define el tipo de país que queda en pie cuando el entusiasmo de los balances se apaga.

✍️ © El Cronista del Ajuste  | 2026 – derechos reservados


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