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JET SOCIETY AVANZA

Austeridad en tierra firme, millas gratis en las alturas.

En la Argentina libertaria hay cosas que se ajustan y otras que vuelan. Ajustan los salarios, los presupuestos y la paciencia social. Pero vuelan —con notable eficiencia— los aviones oficiales, los jets privados y las explicaciones improvisadas.

Esta semana, el capítulo lo protagoniza el vocero presidencial Manuel Adorni, cuya esposa apareció inesperadamente en la comitiva oficial que viajó a Nueva York. El detalle no se conocía hasta que una foto, esas enemigas naturales de los relatos prolijos, reveló que también había abordado el ARG-01 rumbo a la tumba del rabino Menachem Mendel Schneerson.

Ante el pequeño inconveniente de la realidad, Karina Milei salió al rescate digital con un tuit de respaldo absoluto: “apoyo total e incondicional” frente a lo que definió como “basura mediática”. En la nueva gramática del poder, la integridad parece certificarse por afecto personal, un método tan práctico como familiar.

El problema es que la política —ese deporte de memoria selectiva— todavía conserva ciertas preguntas incómodas: quién viaja, quién paga y en calidad de qué. Preguntas que el diputado Esteban Paulón tradujo en un pedido de informes, mientras tres denuncias penales decidieron hacer fila en la justicia.

La Procuraduría de Investigaciones Administrativas, que suele aparecer cuando la palabra “transparencia” empieza a transpirar, abrió un expediente preliminar para revisar el episodio. Porque cuando un avión presidencial despega con pasajeros sorpresa, siempre conviene revisar el manifiesto.

Y como si el guion necesitara más combustible, el radar también apuntó a otro vuelo: el descanso del jefe de Gabinete en Punta del Este a bordo de un jet privado. Nada ilegal per se, pero en tiempos de motosierra fiscal, el glamour aéreo suele generar turbulencias políticas.

Mientras tanto, lejos de las pistas de aterrizaje, en San Juan los docentes marchaban con velas y carteles reclamando salarios dignos. En la postal nocturna de la protesta, el contraste era casi pedagógico: austeridad en las aulas, lujo en las alturas.

Entre las consignas apareció además una polémica inesperada: los más de 2.600 millones de pesos que el gobierno provincial habría gastado en dos años en “La Boutique del Jamón”, proveedor habitual de eventos protocolares. Porque en la política argentina siempre hay lugar para el ceremonial… aunque falte para el sueldo.

Noventa y dos pagos oficiales al mismo comercio dibujan un menú curioso de prioridades: alimentos, obsequios, gastos de cortesía y homenajes. Nada demasiado escandaloso en el universo del protocolo, salvo cuando la caja pública convive con salarios licuados.

Así, mientras unos cuentan monedas y otros cuentan millas aéreas, la Argentina vuelve a exhibir su vieja especialidad: una élite política que predica frugalidad desde la cabina ejecutiva.

En el país donde la motosierra es símbolo de gobierno, el verdadero ajuste —una vez más— parece aplicarse siempre en tierra. Mientras arriba, la jet society sigue avanzando.

✍️ ©  Desde el Fondo de la Caja

Donde los discursos se archivan… y las cuentas quedan | 2026


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