
El anuncio suena a jingle de campaña: “primera ley laboral de la democracia”. Patricia Bullrich la presenta como si antes hubiéramos trabajado con palos y taparrabos. En paralelo, en Santa Fe y Rosario, la democracia aterriza en botas: policías reclamando sueldos y condiciones, y el Estado respondiendo con disponibilidad, retiro de armas y chalecos. Modernidad selectiva.
En la Rosada del Congreso se cocina relato. En la Casa Gris de Santa Fe se quema goma. Dos escenas del mismo país: arriba, powerpoint; abajo, humo negro y bronca acumulada. El contraste no podría ser más didáctico.
Los efectivos —activos y retirados— piden lo básico: cobrar mejor y trabajar con algo parecido a dignidad. No piden unicornos ni stock options. Piden que el sueldo alcance y que el chaleco no sea un souvenir. A cambio, recibieron un memo con sabor a escarmiento.
El ministro Cococcioni eligió el libreto clásico: reclamo “válido”, pero infiltrado por intereses “particulares”, acciones “antijurídicas” y fake news. Cuando la realidad molesta, se la acusa de fake. La novedad es que ahora la posverdad viene con uniforme.
Veinte policías pasados a disponibilidad con retiro de arma y chaleco. Traducción: disciplinamiento con protocolo. Si protestás, te desarmo. La pedagogía del orden consiste en recordarte quién manda, incluso cuando el que manda no paga a tiempo.
Hubo móviles frenados, patrulleros apostados, cortes de tránsito y un menor detenido con un arma. El combo perfecto para el noticiero: caos + delito = mano dura. El guion se escribe solo, y siempre cae del mismo lado.
Mientras tanto, en el Senado se promete “cambio estratégico en las relaciones laborales”. ¿Empieza por los que patrullan de noche y cobran de día? ¿O la estrategia es flexibilizar derechos arriba y endurecer castigos abajo? Democracia, versión delivery: llega fría a los barrios.
La política ama las palabras grandilocuentes; odia los reclamos concretos. La ley laboral se anuncia con fuegos artificiales; el salario policial se discute con sumarios. Hay prioridades que se ven incluso cuando se intenta taparlas con PowerPoint.
El oficialismo habla de orden. El orden, en la práctica, es callar al que reclama y aplaudir al que anuncia. La liturgia del “reclamo legítimo, pero…” funciona como condimento: te reconozco la bronca mientras te pongo la tapa.
El problema no es que haya ley laboral en agenda. El problema es la foto completa: un Estado que celebra reformas mientras castiga a quienes sostienen la calle con sueldos de bolsillo roto. La épica del cambio no paga el alquiler.
En Santa Fe y Rosario no se discute ideología; se discute el plato de comida. Si la “primera ley laboral de la democracia” no puede convivir con salarios que alcancen para quienes ponen el cuerpo, entonces no es modernización: es marketing con sirena de fondo.
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