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Desposeimiento histórico

La renuncia de la directora del Museo Histórico Nacional no es un trámite administrativo: es una alarma que suena en un edificio que, de pronto, dejó de ser casa para convertirse en pasillo. Cuando la custodia del pasado se define a los empujones, el patrimonio se vuelve rehén del presente.

El Gobierno presenta el traslado del sable como un acto de “honrar la historia”. Traducción simultánea: honrarla es moverla de lugar para que encaje mejor en la foto del poder. La historia, dócil, no protesta; quienes la cuidan, sí. Y por eso estorban.

La historiadora habló de “interpretación muy original”. Eufemismo elegante para decir que el decreto es una relectura creativa del legado: se toma el símbolo, se lo limpia de contexto y se lo coloca donde rinda políticamente. El sable como utilería: corta bien en el escenario, no tanto en el archivo.

Que el argumento sea la “seguridad” suena serio hasta que se lo escucha dos veces. Los robos de los sesenta existen, claro, pero el atajo es viejo: cuando no gusta el lugar, se invoca el riesgo. No es un plan de preservación; es una mudanza ideológica con casco de custodia.

La escena completa el cuadro: militantes de redes dictando dónde debe estar el sable porque un decreto previo lo puso allí. La disputa no es por el acero del arma, sino por la firma que lo acompañó. En este país, los objetos no pesan: pesan las rúbricas que los rodean.

Se convoca a San Lorenzo, se convoca al ritual, se convoca al bronce. El Presidente entrega el sable como quien entrega un mensaje: el símbolo vuelve al cuartel para que el relato vuelva a filas. La liturgia es impecable; la pregunta es para qué se la usa.

La Justicia dice que la donación no fue “con cargo”. Bien: el formalismo gana el punto. Pero el debate no es jurídico, es político-cultural. ¿Quién decide qué es “honrar la historia”: el museo que la estudia o el decreto que la reordena?

El museo pierde a su directora y el país gana un gesto de autoridad. Balance extraño: se refuerza el control, se debilita el cuidado. Los símbolos se mueven; las instituciones pagan la mudanza.

San Martín vuelve a ser botín de una pulseada contemporánea que no le pertenece. El sable, callado, pasa de vitrina a cuartel. La historia, otra vez, viaja en valija ajena.

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