
La noticia llegó envuelta en celofán: 100 mil toneladas de carne sin aranceles. Récord histórico, champán en la cadena cárnica y foto de familia para el álbum de los acuerdos que “nos devuelven al mundo”. En la mesa, el menú suena a bife premium; en la cocina, la receta la escribió otro.
El Gobierno vende apertura como si fuera coraje. Aplauden los que exportan, suspiran los que importan tecnología y miran de reojo los que deberán adaptarse a estándares que llegan en inglés jurídico, con manual de uso y garantía limitada. Argentina firma, traduce después y mastica cuando puede.
Estados Unidos, con su stock ganadero en mínimos de 75 años, compra porque necesita. China, con su cupificación, empuja precios porque puede. El mundo pide carne y la Argentina corre a poner la parrilla. Negocio redondo, sí; geopolítica al plato, también. No hay milagros: cuando el otro está flaco, vos sos el asado.
La épica oficial celebra “acceso preferencial sin precedentes”. Preferencial para vender cortes nobles; preferencial para importar reglas duras. El libre comercio es un gimnasio: promete músculo, cobra con agujetas. Y no todos entran al vestuario con las mismas zapatillas.
Mientras tanto, el sector ganadero lee la letra chica como señal productiva: trazabilidad, sanidad, procesos ordenados. Traducido: inversión, costos, adaptación. El que puede, sube la vara; el que no, se queda mirando el partido por la vidriera. El mercado premia al que llega con papeles; el resto aprende a facturar frustración.
La propiedad intelectual se presenta como modernidad desburocratizada. Hermosa consigna: proteger ideas para que florezca el talento. En la práctica, más candados para usar tecnología ajena y más peajes para fabricar lo propio. Innovar cuesta; licenciar cuesta más. El talento argentino vuelve a pagar peaje en su propio puente.
El paquete incluye financiamiento “para sectores críticos”, instituciones con siglas pulcras y promesas de inversión que siempre aterrizan en PowerPoint antes que en obra. La lluvia de dólares, como toda lluvia, moja primero a los de siempre. Los demás sacan baldes.
Aranceles al acero y aluminio: “revisar oportunamente”. O sea: hoy no, mañana vemos. El calendario de la paciencia lo arma Washington; el cronograma de la urgencia lo paga la industria local. Complementariedad es una palabra elegante para decir “cada uno juega con su ventaja”.
La Cancillería celebra el número: 800 millones de dólares más por carne. El IPCVA recuerda que venimos cayendo en volumen. Traducido al criollo: festejamos el ticket grande mientras achicamos el changuito. El mercado chino afloja, el estadounidense aprieta la mano, y la Argentina aprende a bailar entre dos pistas sin pisarse los cordones.
¿Es malo exportar más? No. ¿Es bueno abrirse al mundo? Sí. ¿Es suficiente? Nunca. El problema no es vender bife; es quedarse sin muelas para morder la cadena de valor. Exportar materia prima con sonrisa diplomática y aceptar reglas sin músculo productivo es comer puré creyendo que es asado.
El acuerdo promete modernidad; la modernidad exige dientes: industria, tecnología propia, financiamiento que llegue a la línea de producción y no al brochure. Sin eso, brindamos por la cuota récord y volvemos a casa a tragar papilla. Y el mundo, agradecido, repite plato.
✍️ El Exportador de Egos | 2026
©️2026 Guzzo Photos & Graphic Publications – All Rights Reserved – Copyright ©️ 2026 SalaStampa.eu, world press service – Guzzo Photos & Graphic Publications – Registro Editori e Stampatori n. 1441 Turin, Italy














