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Cuando los europeos invadieron tierras guaraníes

Ruinas de la reducción jesuita de San Ignacio Miní – Puerta de la Iglesia, provincia de Misiones, Argentina

Sabemos que las únicas cosas que los conquistadores europeos importaron en América fueron el caballo, el buey y la oveja. Pero debemos rectificar. Tambien importaron sus ideas, su mentalidad y sus costumbres. Y ésto es mucho más que la geografía a dividir el Continente.

La conquista española atravesó diversas fases. La primera se reasume en un gigantesco saqueo, que duró hasta que no hubo más nada que saquear. Y una vez que tocaron el fondo del tesoro de los Incas y Aztecas, agotado el sistema laboral de las encomiendas, donde el principal beneficio de los trabajadores no cristianos era la religión católica, se dedicaron a la agricultura y ganaderia, iniciando una verdadera colonización. Naturalmente, lo hicieron con criterios y métodos aplicados en patria, es decir: recrearon en el nuevo mundo, el modelo político, económico y social del mundo viejo. Operación fácil, porque no existían fuerzas que pudieran oponerse.

Aparte de la escasa población indigena, que demostró su impotencia dejandose avasallar. América era un continente vacío: con posibilidades de hacer aquello que se quisiera. Y los españoles aprovecharon la oportunidad para hacer una especie de caricatura de la España en su organización feudal.

Cada uno se apoderó de un vasto territorio con el trabajo forzado de los indios. Y así nació una sociedad dividida en dos clases: aquella de los patrones y la otra de los siervos. Pero con el transcurso de algunos decenios las cosas se modificaron. A los conquistadores llegados de España se agregaron los criollos, es decir su progenie nacida en suelo americano. Y luego, los mestizos, nacidos del cruce con mujeres indígenas. Los efectos que causó se pueden ver hoy.

Durante todo el seiscientos, América Latina reprodujo puntualmente las caracteristicas del Medio Evo europeo, con sus jerarquias sociales y concentración de potencia y riqueza en manos de una pequeña casta. Por cierto España no era solo éso. También era el brazo secular de la Contrareforma y aprovecho America Latina para transvasar los ideales. Isabel ya habia recomendado a Colón de conquistar almas para Cristo, convirtiendo a los indígenas. Y los sucesores quedaron ligados a esa directiva, cerrando y dejando fuera de America Latina a los protestantes.

Querian que América Latina fuera devotamente católica y en el clero encontraron una apasionada colaboración. Desde el inicio, entre los delincuentes que integraban la chusma que componían las fuerzas de los conquistadores, siempre habia un misionario con el crucifijo, el aspersorio y la ostia consagrada en la bolsa. Pizarro, después de cada carniceria que cometía se confesaba y el bautismo era la primera cosa que imponía a los indigenas que se salvaban de las masacres.

Era un imperio construido con la sangre, el robo y la recolección de frutos. Y los frailes no solo se contentaron de bendecirlo. También fundaron su propio reino, para que sirviera de modelo a todo el mundo, viejo y nuevo.

A principios del 1600 dos jesuitas italianos, Cataldino y Mazeta llegaron al Paraguay, se hicieron dar una extensión de tierras grande como toda Italia, llamaron a un centenar de religiosos y crearon una teocracia de invención propia. Alrededor de cien mil indios fueron arrancados por la fuerza de sus propias costumbres nomades, fijados a la tierra y adiestrados al trabajo agricola, al artesanado y a la cria de animales. Los frutos de ése trabajo eran recolectados en grandes depósitos, de los cuales los buenos padres distribuian una parte a los indios, segun un criterio ecuo e igualitario. Y el resto era vendido en ciudades más cercanas, o dados en trueque por herramientas, semillas y otros materiales.

Al alba, sonaban las campanas para llamar el rebaño de fieles a la misa, los regulaban minuciosamente durante toda la jornada hasta la puesta del sol, le secuestraban los hijos para criarlos según el dictamen de la Iglesia y las necesidades de la comunidad. Los nutrian, los vestian, los casaban, pero sobre todo cuidaban que ninguno desarrollara una personalidad que pudiera diferenciarlo de los otros. Los indios no tenian ninguna necesidad de pensar, visto que los frailes pensaban todo por ellos.
Debian restar buenos hijos de Dios y por eso no se les permitía prender ni menos los votos. El sacerdocio y el poder absoluto que les fue concedido restaba monopolio de la pequeña casta jesuita.

La justicia era administrada paternalmente con una severidad condimentada con la indulgencia. Los confesionarios servian para interrogatorios y los reatos eran tratados como pecados remisibles, con cualquier latigazo y parejas ave marias.

La República Teocratica del Paraguay duró un siglo y medio, hasta mitad del setecientos, cuando la Compañia de Jesus fue disuelta. De golpe todo se desmoronó, sin dejar otros rastros que restos de alguna iglesia en la jungla. Los indios que de cuatro generaciones estaban sometidos en aquel régimen, no movieron un dedo para defenderla. Habian tenido todo de los jesuitas, todo, menos la libertad. Y permanecieron en ese mundo momificado en el absolutismo, habituados a ser comandados, vestidos y nutridos desde niños.

Con la tácita complicidad de la Iglesia de Roma, los jesuitas fueron expulsados ​​sumariamente del Paraguay en mayo de 1768. Los religiosos obedecieron y las Reducciones cayeron. Poco a poco, los guaraníes abandonaron las misiones y se dispersaron por la selva en todas direcciones, tambièn en Argentina. Templos, casas, escuelas, capillas y campanarios, expuestos al desgaste del tiempo y las incursiones de los bandairantes, cayeron en mal estado.

El absolutismo del siglo XVIII justificó la rápida destrucción de las misiones, como una acción necesaria para eliminar la “conspiración jesuita”, sospechada de querer crear un estado independiente en la selva sudamericana. Si la culpa de los jesuitas fue haber dado a luz a un sistema de gobierno paternalista, o quizás proteccionista, no hay duda de que los guaraníes lo aceptaron.

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