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William y Harry disfrutan de un cálido reencuentro

Reunidos en memoria de su querida madre, el duque de Cambridge y el duque de Sussex se mostraron tranquilamente cómodos en compañía uno del otro al inaugurar la estatua de Diana, princesa de Gales.

Y aún cuando sigan por “caminos diferentes”, no hubo señales de acritud entre los hermanos, mientras caminaban hacia el histórico compromiso del jueves y compartían una broma, en el recién replantado Jardín del Palacio de Kensington.

Como siempre, el Príncipe Harry parecía el más relajado de la pareja, con su chaqueta desabrochada, mientras que la del Príncipe Guillermo estaba abotonada – una señal, tal vez, de las diferencias en sus personalidades que han contribuido a las dificultades recientes.

Lejos de poner simplemente coraje a las cosas, hubo destellos de los buenos tiempos. No sólo se mantuvieron hombro a hombro, tambien se permitieron bromear un poco.

Al igual que en el funeral del Duque de Edimburgo, la última vez que estuvieron juntos, la ocasión pudo ser conservadora, pero el ambiente era gentil y ligero.

Sabiendo que el mundo los estaría mirando, se esperaba que los hermanos se comportaran lo mejor posible. Pero la calidez entre ellos parecía genuina y no forzada, reflejando la naturaleza galvanizadora de este proyecto tan conmovedor y personal.

Aunque no cabe duda de que han tenido -y tienen- sus diferencias, éste ha sido un tema en el que ambos han demostrado estar totalmente de acuerdo.

No sólo han colaborado estrechamente en el diseño del escultor Ian Rank-Broadley, también en la ubicación de la estatua y en su decoración floral, prueba que los hijos de Diana siempre han estado de acuerdo en mantener vivo su extraordinario legado.

En el comunicado conjunto que publicaron anunciando que habría sido el 60º cumpleaños de su madre, recordaron su amor, su fuerza y su carácter, cualidades que la convirtieron, en una fuerza del bien en todo el mundo.

“Todos los días deseamos que siga con nosotros”, dijeron.”Y nuestra esperanza es que esta estatua sea vista para siempre como un símbolo de su vida y su legado”.

También fue significativo que ambos estuvieran de acuerdo en que se inmortalizara a su madre no en su apogeo de los años ochenta, sino tal y como era en su última etapa de su vida, cuando recobró confianza en su papel de embajadora de causas humanitarias, pretendiendo transmitir su carácter y compasión.

Aquí estaban dos hermanos, en comunión con su deseo de ver a su madre recordada en su mejor momento, rodeada de niños que representan la universalidad y el impacto generacional de su trabajo.

Mientras compartían con orgullo el bronce de su madre con el mundo, no importaba realmente lo que hicieran los críticos, ni siquiera las legiones de fans de Diana.

En ese momento, lo más importante, era ver que los hijos de una madre que los educó como iguales, estaban contentos de ser un espíritu único y que los convirtió en un icono del siglo XX.

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