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El Divorcio inglés

En los años transcurridos desde el referéndum sobre el divorcio británico de la Unión Europea, muchos partidarios del “Remain” han podido reflexionar sobre su derrota, cuestionándose cual ingrediente ha faltado en su campaña que pudiera inclinar la balanza a su favor.

Los estudios de opinión realizados antes del referéndum, no lograron localizar una “barita mágica” que ayudara a los ingleses a permanecer en la UE inclinando el resultado a su favor.

Tal vez, si Angela Merkel, hubiese permitido un poco más de control de la inmigración, en el acuerdo alcanzado con David Cameron sobre la renegociación de las condiciones de adhesión del Reino Unido, el partido “Remain” podría haber confiado en el éxito. Pero no lo hizo.

El ex Presidente de la Commisión europea Jean-Claude Juncker, acaba de revelar que está arrepentido de su decisión de aceptar el consejo de Cameron y del gobierno británico de mantenerse al margen de la campaña, declarando (cito): “No debería haber escuchado a David Cameron. Me dijo que no interfiriera en el debate en el Reino Unido, que no viajara a Londres, que no hiciera entrevistas con la prensa británica. Cometí un error, porque no defendí el punto de vista de la UE en el Reino Unido. Me pidieron que me callara, y así lo hice”.

Cameron, en cambio, preparó a Barack Obama para que fuera el líder de ultramar que presentara la parrilla mediática del “Remain” y el presidente de EE.UU pronunció un discurso en el que sugería que, fuera de la UE, el Reino Unido sería un “vagon de cola” para un acuerdo comercial con Estados Unidos.

A pesar de ser estratosféricamente popular en Gran Bretaña, la amenaza de Obama fue proverbial con el público británico, ayudándo, en lugar de obstaculizar la campaña a favor del Brexit.

Si bien Juncker es un operador político con cierto encanto y capacidad, la idea de que la campaña a favor de la permanencia en la UE podría haberse beneficiado con el intervento del eurócrata en jefe, es descabellada, porque es dificil dar lecciones de política a los británicos.

En uno de sus discursos sobre el “Estado de la Unión” en el Parlamento, Juncker dio un argumento suficiente a los defensores del “Leave” para actuar, refiriéndose a una disposición del Tratado de Lisboa, para dejar de lado los vetos nacionales y pasar a una votación por mayoría cualificada, con el objeto de obtener un “tesoro escondido”, europizando más a Gran Bretaña.

Si bien siempre manifestó no ser un federalista en busca de los Estados Unidos de Europa, sonó como tal a los oídos euroescépticos. No obstante tener a su favor simpatía y buen sentido del humor.

Se convirtió en un chiste permanente en sus apariciones públicas. Antes de la hora del almuerzo solía ser poco convincente, mientras que después, demostraba una cierta ebullición que caracterizó su entrega y estilo de debate. Ahora dice que nunca se ha emborrachado y atribuye las veces que se mostró inestable a la ciática y al efecto de los analgésicos. Habría que tener un corazón muy duro para negar a un renombrado hombre de buen vivir, la coartada que ha elegido.

Sin embargo, el problema básico de la idea de Juncker como potencial cosechador de votos pro-UE en Gran Bretaña, no es que ha defraudado al bando “Remain” por ser erroneo, sino que habria escrito la historia de la UE con demasiada autenticidad.

Realmente buscaba aglomerar más y más poder político; consideraba las nuevas competencia de la UE en áreas como la política exterior en modo abrumador; se tomaba muy en serio la misión establecida en el Tratado de Roma, de “una unión cada vez más estrecha”. Y el pueblo británico no estaba dispuesto a nada de eso.

A pesar de su bagaje y su afición por la buena vida, Juncker es uno de los idealistas originales de la UE, mucho más capaz de comunicar una visión de conjunto que su sucesora tecnócrata Ursula von der Leyen. El problema es que el pueblo británico nunca lo creyó y, durante varias décadas, la clase dirigente británica pro-UE respondió creando una Gran Mentira, en la que los acaparamientos de poder por parte de Bruselas eran producto de la imaginación paranoica de los euroescépticos.

Una vez expuesta esa mentira, la campaña a favor de la permanencia no podía hacer mucho para cambiar el resultado del referéndum. Negar al viejo muchacho su oportunidad de exponer su caso idealista de “le grand projet” de la unidad europea, condujo sin duda a una campaña del Remain menos colorida y con más disciplina de mensaje. Pero no cambió el resultado.

Como dijera el General Bosquet durante la Carga del Seicientos en la Batalla de Balaclava: “C’est magnifique, mais ce n’est pas la guerre: c’est de la folie”.

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