Hong Kong vuelve a descubrir que, detrás de los rascacielos de vidrio, aún respira una urbe donde la seguridad compite con la densidad, y donde el bambú —símbolo de modernidad asiática— puede convertirse en trampa mortal.
Hong Kong vuelve a descubrir que, detrás de los rascacielos de vidrio, aún respira una urbe donde la seguridad compite con la densidad, y donde el bambú —símbolo de modernidad asiática— puede convertirse en trampa mortal.
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