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La Oficina Anticorrupción

La escena política argentina vuelve a girar sobre su eje favorito: acusaciones, respuestas y una institucionalidad que llega tarde o directamente no llega. Esta vez, el epicentro es el caso $LIBRA, donde el cruce entre el diputado Maximiliano Ferraro y el ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques, dejó más expuestas las grietas del sistema que las certezas del expediente.

Todo comenzó cuando Mahiques calificó de “imprudente” acusar al presidente Javier Milei de haber cometido un delito sin imputación formal. Un recordatorio técnico, si se quiere, sobre los tiempos judiciales. Pero en la Argentina actual, donde la política se adelanta siempre a la Justicia, esa precisión sonó más a defensa que a doctrina.

Ferraro no tardó en responder. Y lo hizo con una lista que, más que réplica, pareció un inventario de sospechas acumuladas. Reuniones, contratos, promoción de un proyecto cripto fallido y vínculos con operadores de dudosa reputación: el diputado convirtió la palabra “imprudencia” en un boomerang político.

El fondo del conflicto no es nuevo. Es el clásico choque entre la prudencia jurídica y la urgencia política. Mientras el ministro pide respetar los tiempos del proceso, la oposición exige explicaciones inmediatas ante hechos que, a su entender, ya configuran un patrón preocupante.

Pero lo verdaderamente significativo no está solo en el cruce verbal, sino en lo que ocurre —o no ocurre— detrás de escena. Porque mientras se discute sobre responsabilidades, el organismo que debería actuar como primer filtro institucional permanece, literalmente, en pausa.

La Oficina Anticorrupción, creada para prevenir, investigar y denunciar irregularidades dentro del Estado, lleva casi dos semanas sin conducción formal. Un detalle administrativo, dirán algunos. Un síntoma estructural, dirán otros.

El nombramiento de Gabriela Zangaro, anunciado el 6 de marzo, sigue sin oficialización. No hay firma, no hay publicación, no hay autoridad plena. En un país donde cada vacío institucional suele llenarse con sospechas, la demora no es neutra.

En paralelo, las denuncias contra el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, por viajes y uso de recursos, no activaron ninguna intervención de oficio. La explicación es técnica: no habría elementos suficientes. Pero el mensaje político es otro: el control llega solo si alguien lo empuja.

Así, el sistema queda atrapado en una paradoja. La política denuncia, la Justicia espera y los organismos de control observan… cuando tienen conducción. Mientras tanto, los hechos siguen su curso, acumulando ruido y erosionando credibilidad.

Ferraro lo resumió con una frase que resuena más allá de la coyuntura: “La Justicia tarda, pero llega”. La pregunta, cada vez más incómoda, es si cuando llegue todavía encontrará algo intacto.

Porque en la Argentina, la corrupción rara vez se prueba en tiempo real. Pero la desconfianza, esa sí, se instala de inmediato. Y no necesita Boletín Oficial para entrar en vigencia.

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