
Méjico
El país despertó con la noticia que durante años pareció imposible: la caída de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”. El nombre que había crecido hasta convertirse en sinónimo de fuerza bruta, logística aceitada y propaganda de terror fue, de pronto, reducido a un parte oficial. La poesía heroica criminal dura lo que tarda en chocar con la realidad.
La biografía del capo —infancia rural, migración, prisiones, retornos— es el guion conocido de una tragedia repetida. Se cuenta como explicación, a veces como coartada. Pero ninguna línea de ese itinerario convierte la violencia en destino inevitable ni al crimen en mérito.
La fundación del CJNG fue menos un acto de genialidad que una lectura oportunista del vacío de poder. Donde otros vieron ruinas, alguien montó una franquicia del miedo. La organización prosperó no por romanticismo del delito, sino por la eficacia de sus métodos y la fragilidad de los contrapesos.
Que su muerte desate alertas de seguridad y parálisis de actividades deportivas es una paradoja cruel: el hombre cae, la estela permanece. La coreografía del bloqueo y el incendio revela que el poder no se evapora con un cuerpo; se administra en redes que sobreviven a sus jefes.
Las felicitaciones internacionales suenan inevitables y, en el fondo, diplomáticas. El alivio es comprensible; la victoria, si existe, es provisional. El crimen organizado no es una persona: es un sistema que se reproduce cuando encuentra rentas, impunidad y territorios donde el Estado llega tarde.
Conviene desconfiar del lenguaje de “gran avance”. La historia reciente enseña que cada decapitación promete finales que rara vez llegan. Cambian los nombres en las siglas, no siempre las condiciones que las alimentan.
La tentación de convertir la noticia en espectáculo es grande. Pero el país no necesita otra mitología del narco, sino la desmitificación paciente de su poder. Menos corridos; más instituciones que funcionen sin fuegos artificiales.
Hoy se cancelan partidos para proteger a los vivos. Ojalá mañana se cancele la costumbre de normalizar el miedo como rutina. La seguridad no debería ser un estado de excepción que se invoca cuando cae un capo, sino un derecho que no dependa del calendario de capturas.
Que esta muerte no se use como cortina para posponer lo incómodo: investigar finanzas, limpiar policías, reconstruir justicia local. Ahí es donde el combate deja de ser episódico y empieza a ser serio.
El Mencho fue un hombre; el fenómeno que encarnó sigue siendo un problema público. Celebrar el fin del individuo sin enfrentar la maquinaria es como aplaudir al médico por apagar la fiebre sin tratar la infección. La ironía es que la noticia es grande; el trabajo pendiente, mayor.
✍️ © El Escriba del Silencio · 2026
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