
Argentina
El presidente Javier Milei vuelve a hacer las valijas rumbo a Florida. Destino: Mar-a-Lago. Motivo: otro encuentro con Donald Trump. La diplomacia versión jet-set, con champagne tibio y aplausos garantizados.
La escena promete glamour político: Milei será invitado de honor en una gala en la mansión más famosa del trumpismo. Un presidente argentino celebrado como rockstar ideológico en la casa del magnate que convirtió la política en reality show permanente.
El viaje se vende como “alianza estratégica”, aunque suena más a club exclusivo. Argentina, recién incorporada al flamante Board of Peace, se suma a una junta creada por Trump para hablar de paz global desde Palm Beach, con Gaza como telón de fondo y contradicciones de sobra.
El anuncio llegó, cómo no, por boca de Javier Negre, amigo del Presidente y anfitrión del evento. Día “histórico”, dijo. Históricos suelen ser también los excesos de entusiasmo cuando la política se confunde con la épica de Twitter.
La gala del Hispanic Prosperity mezcla negocios, ideología y networking militante. Milei disertará, aplaudirán, circularán fotos y se reforzará la idea de que el alineamiento internacional se mide por cercanía personal y no por balances de interés nacional.
Desde afuera, medios internacionales describen al argentino como uno de los líderes extranjeros más próximos a Trump. Cercanía que se cultiva a fuerza de gestos simbólicos, discursos calcados y coincidencias performáticas en foros globales.
Pero mientras las luces apuntan a Mar-a-Lago, la letra chica se escribe en otro tono. Según The New York Times, avanzan conversaciones para que Argentina reciba inmigrantes que Washington no puede deportar a sus países de origen.
El esquema del “tercer país” suena técnico, pero es político hasta la médula. Convertir a la Argentina en destino de expulsados ajenos sería el precio silencioso de la amistad estratégica, justo cuando el Gobierno predica mano dura fronteriza puertas adentro.
La paradoja es perfecta: endurecimiento discursivo local y flexibilidad pragmática internacional. La soberanía declamada se acomoda según la foto, el aplauso y la necesidad de agradar al socio poderoso.
Nada de esto parece improvisado. Es coherente con una política exterior que prioriza alineamientos ideológicos rápidos, aunque eso implique tensar contradicciones internas y asumir costos futuros.
Así, entre galas, juntas de paz y acuerdos migratorios en susurro, la Argentina ensaya su rol internacional como invitado distinguido. El problema es que, cuando baja la música, alguien siempre pasa la cuenta.
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