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La higiene moral como coartada política

Otra vez el olor a sobreprecio se filtra por los pasillos de Nucleoeléctrica Argentina S.A.. Y no hablamos de uranio mal almacenado, sino de algo mucho más terrenal: dólares contantes y sonantes. Muchos. Demasiados.

La denuncia de Asociación de Trabajadores del Estado es simple y brutal: un software administrativo pagado a siete millones de dólares cuando su valor de mercado rondaría los seiscientos mil. Ni la inflación argentina logra semejante hazaña creativa.

El sistema en cuestión, SAP S/4HANA, es caro, sí. Complejo, también. Pero no mágico. No convierte 600 mil en 7 millones, salvo que alguien esté aplicando una alquimia presupuestaria digna de Hogwarts versión gerencial.

Al frente de la empresa está Demián Reidel, economista de perfil técnico, verbo filoso y confianza presidencial. Un nombre que circula cómodo entre despachos energéticos, powerpoints ideológicos y la rosca fina del poder libertario.

Reidel no llega solo. Llega con pedigree: ex Banco Central, ex equipo de Federico Sturzenegger, asesor cercano de Javier Milei y figura con peso propio dentro de La Libertad Avanza. Todo muy meritocrático, hasta que aparecen las facturas.

Porque esta no es la primera mancha en el reactor. Ya había antecedentes: una licitación de limpieza con Limpiolux S.A. que habría inflado precios un 140%, con informes técnicos “reinterpretados”, llamados urgentes y áreas opinando donde no sabían ni por dónde barrer.

El resultado fue una interna expuesta como cable pelado: licitación frenada, gerentes desplazados y un directorio obligado a apagar el incendio antes de que llegara a la tapa de los manuales anticorrupción.

Mientras tanto, las tarifas públicas de SAP están ahí, publicadas, claras, aburridamente técnicas. Rangos amplios, sí, pero ninguno justifica semejante salto cuántico en el precio. Ni siquiera sumando licencias, implementación, consultores, café premium y viáticos intergalácticos.

El problema no es el software. El problema es el discurso. Porque cuando se promete eficiencia, transparencia y motosierra al gasto inútil, pero los números explotan como reactor sin mantenimiento, la épica libertaria se queda sin escudo.

En el país donde siempre “no hay plata”, el verdadero misterio no es quién denunció. Es quién firmó. Y, sobre todo, quién creyó que nadie iba a hacer la cuenta.


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