
Argentina
La motosierra llegó a Vicente López, pero no a los despachos con aire acondicionado. Cayó, puntual y filosa, sobre un colectivo municipal gratuito que usaban jubilados, chicos en edad escolar y vecinos que no aparecen en los PowerPoint de la gestión. A partir del lunes 26, el Transporte del Bicentenario deja de circular. Sin debate, sin anestesia y con una explicación que no resiste ni la primera curva del recorrido.
El argumento oficial suena conocido: “hay que priorizar recursos”. Traducido al castellano llano: el ajuste empieza por los que no tienen auto, chofer ni Twitter influyente. Porque si algo demostró esta decisión es que, cuando hay que recortar, siempre es más fácil hacerlo en servicios sociales que en privilegios políticos.
Dicen que lo usan menos de 600 personas. Lo dicen con la misma liviandad con la que ignoran que uno de los ramales pasa por varias escuelas primarias y que el Centro Recreativo de Adultos Mayores reúne entre 4.000 y 5.000 participantes. Matemática creativa aplicada a la política pública: si no te cierra el número, achicá a la gente.
También dicen que cuesta caro: más de 2.300 millones de pesos al año. Lo que no dicen es cuánto vale, en términos sociales, que un jubilado pueda llegar a una actividad, que un chico llegue a la escuela o que un barrio deje de estar aislado del otro lado del municipio. Pero claro, eso no entra en el presupuesto: no se mide, no se factura y no rinde likes.
El detalle incómodo es que el servicio tenía presupuesto aprobado para todo el año. Es decir, no era un gasto imprevisto ni una sorpresa heredada. Era una política sostenida en el tiempo, votada, defendida y ahora descartada como si fuera un error de tipeo. La motosierra no distingue ordenanzas ni historia: corta y después pregunta.
Mientras tanto, las 30 conductoras —todas mujeres, símbolo de una política pionera— seguirán trabajando, pero el servicio desaparece. Se preserva el empleo, se vacía la función. Una postal perfecta del manual moderno: queda bien en el comunicado, queda mal en la calle.
Los jubilados protestan, juntan firmas y prometen volver. No piden lujos, piden ruedas. Piden no quedar varados en un distrito que se llena la boca hablando de cercanía, pero aleja todo lo que no sea rentable en términos políticos.
Vicente López ensaya su propio ajuste “responsable”, versión municipal. No hace falta gritar “no hay plata” cuando se puede susurrar “no son tantos”. El problema es que, cuando la motosierra arranca, siempre hay alguien que escucha el ruido demasiado cerca. Y casi nunca es el que decide.
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