
En Davos, entre alfombras gruesas y cafés que cuestan más que un sueldo de soldado raso, Javier Milei volvió a desplegar su libreto favorito: equilibrio fiscal, CEOs sonrientes y una Argentina convertida en potencia energética y minera. Ochenta ejecutivos lo escucharon atentos. Todos bien alimentados, bien pagos y, sobre todo, bien lejos del barro.
El Presidente habló de consensos sociales y de un rumbo económico claro. Lo dijo con la seguridad de quien mira la macro desde un dron suizo. Abajo, en cambio, la micro argentina sigue caminando a pie, con borceguíes gastados y la billetera flaca. Especialmente en un lugar que no sale en las presentaciones de PowerPoint: los cuarteles.
Mientras Milei celebraba el segundo año de equilibrio fiscal, dentro del Ejército Argentino se encendían todas las alarmas. En diciembre de 2025, cuatro soldados murieron en poco más de dos días. No fue un rayo en cielo sereno: salud mental quebrada, salarios bajo la línea de pobreza y deudas que asfixian explican más que cualquier comunicado oficial.
La respuesta institucional llegó en formato manual. El ministro de Defensa, Carlos Presti, ordenó difundir material instructivo para detectar crisis emocionales y anunció un convenio con Salud. Es decir: primero se rompe el termómetro, después se imprime un folleto.
El problema salarial es brutal y nada abstracto. Hay militares que no llegan a los 700 mil pesos mensuales. A eso se suma la implosión de la obra social IOSFA, endeudada hasta el cuello. El mensaje implícito es claro: la Patria agradece el servicio, pero no lo paga ni lo cuida.
Desde las familias y desde el propio personal recuerdan que esta herencia viene de antes. Es cierto. Pero también es cierto que el actual ministro viene del riñón del Ejército. Y cuando el médico es de la casa, las excusas suenan más débiles.
La paradoja es obscena: la Sanidad Militar funciona cuando el país la necesita. Lo demostró en la pandemia y lo sigue haciendo con hospitales y despliegues en todo el territorio, bajo la Operación General Manuel Belgrano. Cuando hay que poner el cuerpo, siempre está. Cuando hay que sostenerlo, empieza el silencio.
Encima, se discute si el personal sanitario debe ir uniformado como combatiente, armado y sin identificación médica. Una genialidad administrativa que coquetea con violar la Convención de Ginebra. Modernización, le llaman. Desde 1888 venimos “modernizando” y todavía no aprendimos a cuidar a los que cuidan.
Así, mientras en Davos se aplaude una Argentina “previsible”, en casa se acumula una crisis silenciosa y peligrosa. Porque no hay equilibrio fiscal que se sostenga si el Estado ajusta justo donde no debería: en la salud, el salario y la dignidad de quienes juran defenderlo. Y eso, por más sarcasmo que uno use, no tiene nada de liberal ni de moderno.
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