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Incendio en Tai Po: el humo que reveló otra ciudad

Hong Kong amaneció con un silencio extraño, de esos que sólo dejan los desastres que nadie se atreve a nombrar del todo. El incendio en Tai Po no sólo consumió andamios y departamentos: consumió la idea de invulnerabilidad que la ciudad ha cultivado durante décadas.

Las primeras cifras son brutales: decenas de muertos confirmados y cientos de desaparecidos en un complejo de 2.000 viviendas recubierto por andamios de bambú. No es la primera vez que el tradicional entramado acompaña una obra; sí es la primera vez en casi veinte años que un incendio alcanza tal magnitud como para activar la categoría de “cinco alarmas”.

Durante diez horas, el cielo del territorio fue una sola columna gris. Los bomberos, casi 800, peleaban contra un calor insoportable. Uno cayó en acto de servicio, otro terminó exhausto. La ciudad, mientras tanto, miraba hacia arriba como quien mira una herida abierta.

Xi Jinping pidió “esfuerzos totales”, frase que Beijing reserva para los desastres que dejan cicatrices profundas. John Lee, el jefe del Ejecutivo local, intentó imponer calma con prioridades tácticas: apagar, rescatar, curar. Pero la magnitud del episodio lo sobrepasaba incluso en su propia narrativa.

El bambú —ligero, flexible, eficiente— no fue señalado oficialmente como culpable, pero quedó claro que la estética de la tradición tiene un límite cuando el fuego entra en escena. El gobierno ya había anunciado, meses atrás, el reemplazo progresivo por andamios de acero. La realidad no esperó el calendario.

Los hospitales recibieron heridos, los refugios se llenaron de desalojados y una línea directa se abrió para identificar a quienes no regresaban. Los barrios cercanos cerraron ventanas mientras los bomberos abrían paso entre humo, calor y incertidumbre.

La ciudad, que alguna vez temió incendios como algo cotidiano, se había acostumbrado a la confianza moderna. Hoy, esa certeza quedó reducida a cenizas: no importa cuán alto sea el edificio si sus cimientos humanos están expuestos.

Cuando las llamas cedan y la temperatura baje, el informe oficial dirá qué falló. Pero Hong Kong ya intuye la respuesta: en una ciudad donde se vive hacia arriba, cualquier chispa puede revelar lo que se prefería no mirar hacia abajo.

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