
Argentina – Inglaterra
Luis Caputo volvió a desplegar su optimismo de alta gama ante empresas británicas: 2026, aseguró, será “espectacular”. Ni bueno, ni prometedor: espectacular. Una palabra que permite evitar datos, esquivar diagnósticos y –si hace falta– colgar el éxito de un efecto especial. La reunión fue amable, los británicos sonrieron, y el ministro explicó que la “convergencia de factores” hará magia sin truco visible. Todo en orden.
Pero la coincidencia lingüística terminó ahí. Porque mientras Caputo vende fuegos artificiales, en Londres la canciller Rachel Reeves se prepara para encender otra cosa: la hornalla impositiva. Los británicos no escucharon promesas de espectáculo sino una lista de aumentos de impuestos que haría sonrojar a cualquier tecnócrata argentino acostumbrado al serrucho fiscal.
Reeves, con la sobriedad propia del Tesoro británico, anunció más de una docena de incrementos impositivos para tapar un agujero de 30 mil millones de libras. Lo llamó “justo y necesario”. Siempre lo es… hasta que llegan las elecciones. Pero por ahora, la mano firme: umbrales congelados, incursiones sobre pensiones y un sablazo combinado que deja a una familia media con un agujero de 1.600 libras. “Valores laborales”, dijo. De los caros.
Mientras Caputo pronostica arcoíris, Reeves reduce el ahorro libre de impuestos de 20.000 a 12.000 libras. Y por si el contribuyente aún respirara, prepara un cargo para propiedades de más de 2 millones y un esquema de pago por kilómetro para autos eléctricos. Aquí no hay “convergencia de factores”: hay calculadora y coraje político… o desesperación, según quién lea.
El presupuesto, indispensable para que Reeves y Keir Starmer sobrevivan al desplome en las encuestas, es un acto de malabarismo: dejar tranquila a la bancada laborista sin que el ciudadano común pida la cabeza del gobierno en bandeja. No es sencillo. Menos aún cuando se congela el impuesto al combustible pero se aprieta todo lo demás.
Reeves subirá el salario mínimo a 12,71 libras, un movimiento que entusiasma a quien cobra, pero inquieta a quien contrata. Incluso la Resolution Foundation –con simpatías laboristas– dijo que podría “hacer más daño que bien” en una economía donde el desempleo sube como un pan de masa madre.
Al final, la narrativa británica y la argentina se tocan: ambos gobiernos enfrentan un presente incómodo, ambos necesitan vender un futuro luminoso, y ambos rezan para que el contribuyente tenga paciencia. Con una diferencia: Caputo habla de un año “espectacular”, Reeves habla de un año “pagable”.
Uno vende ilusión.
La otra, impuestos.
Y entre ambos, 2026 espera ver quién tenía razón… o quién contaba el cuento más convincente.
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