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Jubilados livianos para atravesar la puerta del cielo

En la Argentina siempre hay dos velocidades para la economía: la de los que gobiernan… y la de los que sobreviven. Mientras el Senado se prepara para otra sesión después de las extraordinarias, los legisladores ya tienen garantizada una noticia que jamás llega tarde: un nuevo aumento en sus dietas.

Desde marzo, los senadores pasarán a cobrar más de 11,6 millones de pesos por mes. El ajuste surge del acuerdo paritario firmado por los gremios legislativos —APL, ATE y UPCN— y, como suele ocurrir en el Palacio, la inflación parece doler menos cuando la factura se paga con fondos públicos.

Del otro lado del mostrador, el universo jubilado vuelve a practicar el antiguo arte nacional de hacer milagros con monedas. En abril, la jubilación mínima alcanzará 380.286 pesos, tras aplicarse el aumento del 2,9% correspondiente a la inflación de febrero.

Si el bono extraordinario de 70 mil pesos continúa, el haber podría trepar a 450.286 pesos. “Trepar” es una forma elegante de decir que sigue siendo una cifra que apenas alcanza para mirar los precios desde la vereda de enfrente.

El nuevo esquema de movilidad —establecido por el Decreto 274/2024— promete actualizar los haberes todos los meses según el índice de precios. Una idea razonable en los papeles, aunque en la práctica la inflación siempre parece correr más rápido que la jubilación, como un perro detrás de un colectivo que nunca alcanza.

Mientras tanto, el Senado ajusta sus propios ingresos con una precisión quirúrgica. En la política argentina hay algo admirable: cuando se trata de mejorar el sueldo propio, las diferencias ideológicas desaparecen con una rapidez casi milagrosa.

La brecha entre una dieta legislativa y una jubilación mínima ya no es una grieta: es un cañón. Un senador puede ganar en un mes lo que un jubilado tardaría más de dos años en cobrar… suponiendo que en ese tiempo no vuelva a aumentar la inflación, lo cual en Argentina ya entra en el terreno de la fantasía.

Así, el sistema sigue funcionando con una lógica peculiar: los jubilados reciben aumentos microscópicos para no perder del todo contra los precios, mientras la política se asegura ajustes que jamás necesitan rezago estadístico.

Tal vez sea parte de una filosofía nacional todavía no declarada. Después de todo, con ingresos tan livianos, los jubilados argentinos estarán perfectamente preparados para atravesar —sin equipaje y sin escalas— las puertas estrechas del cielo.

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