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LOS MAGNÍFICOS OCHO EN NUEVA YORK

Milei arma las valijas rumbo a Wall Street con un objetivo simple y grandilocuente: convencer al dinero de que esta vez la Argentina va en serio.

La “Argentina Week” en Nueva York es el nuevo escenario del stand up presidencial, con PowerPoint, promesas de libertad económica y la selfie institucional que mejor cotiza: la de los mercados sonriendo.

La novedad no es el viaje sino el casting. Diez gobernadores invitados para la foto coral: oficialismo, aliados, pragmáticos y conversos de último momento. La Casa Rosada quiere vender “respaldo transversal” en versión exportación, como si el federalismo pudiera embalarse en carry-on y pasar por migraciones sin aranceles.

En el fondo, la escena es conocida: un Presidente que necesita demostrar gobernabilidad afuera porque adentro gobierna con lo justo. La foto con Wall Street funciona como amuleto: si los mercados aplauden, el Congreso afloja; si el Congreso afloja, la épica sigue. Política por proxy, con brokers de intermediarios.

La agenda es una pasarela de nombres propios: JPMorgan, Bank of America, CEOs, embajadores, ministros, desreguladores y tecnócratas con sonrisa de Excel. Milei hablará después de Jamie Dimon, como para que quede claro quién presenta a quién. El mensaje es el de siempre, pero con traducción simultánea al idioma de los bonos.

El RIGI vuelve a escena como talismán. “Vengan, inviertan, acá no mordemos”, promete el Gobierno, mientras el país discute tarifas, salarios y la paciencia social que cotiza a la baja. La Argentina versión showroom: luces frías, discurso ordenado, reality check postergado para la vuelta.

Los gobernadores, meanwhile, hacen cuentas. Viajar es quedar en la foto; no viajar es quedar afuera del club. El federalismo se negocia en cócteles, con canapés de consenso y brindis por inversiones que todavía no aterrizaron. En tiempos de escasez, la invitación también es una forma elegante de disciplinar.

La alineación con Estados Unidos se presenta como brújula estratégica. Traducido: respaldo político para el ajuste y oxígeno financiero para el plan. El relato es geopolítico; la urgencia es doméstica. En Nueva York se promete futuro; en Buenos Aires se administra el presente con tijera.

Entre paneles y recepciones, el Gobierno apuesta a que el entusiasmo de Wall Street derrame confianza local. Es la vieja teoría del derrame, versión power point: si el capital se enamora, el humor social acompaña. Spoiler: el romance suele ser intenso y breve.

Así, Los Magníficos Ocho posan en Manhattan para la foto de familia ampliada del mileísmo. Un casting que intenta vender normalidad, músculo político y fe inversora. Falta la escena final: que la película funcione cuando bajen las luces y el país vuelva a la rutina.

✍️ © El Exportador de Promesas | 2026


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