
Dos horas de palabras no convierten un país en un lugar más habitable; a veces, apenas logran hacerlo más ruidoso. El último Estado de la Unión de Donald Trump batió récords de duración y confirmó una vieja máxima: la extensión del discurso no guarda proporción con la precisión del diagnóstico.
La escena fue elocuente: abucheos demócratas, aplausos republicanos, y un presidente que parece alimentarse del contraste. La política, elevada a teatro, encuentra en la fricción su combustible preferido.
Trump proclamó una nación “más grande, mejor, más rica y más fuerte”. La fórmula es impecable como consigna; menos como balance. La economía mejora en los indicadores, pero la vida cotidiana continúa encarecida para millones que no consumen estadísticas.
La inflación cede, sí; la paciencia ciudadana, no tanto. Entre el recibo del supermercado y la épica del atril hay una distancia que ningún adjetivo presidencial consigue acortar.
En inmigración, la coreografía fue previsible: una frontera convertida en metáfora total, un Congreso invitado a ponerse en pie como si la política pública fuera un ejercicio de calistenia moral. El gesto simplifica; la realidad se resiste.
La advertencia a Irán añadió el tono grave que el momento internacional impone. La firmeza es una virtud; la grandilocuencia, un riesgo. Cuando la disuasión se confunde con la teatralidad, la prudencia suele quedarse sin micrófono.
El recuerdo de derrotas judiciales recientes asomó entre líneas. La tentación de gobernar por atajo persiste, aun cuando los contrapesos recuerdan, con discreta contundencia, que la arquitectura institucional no se improvisa.
La relación con la Corte Suprema, invocada desde pocos metros de distancia, expuso una paradoja: reclamar respeto a las reglas mientras se buscan atajos para sortearlas. La legalidad es menos eficaz como decorado que como método.
El episodio venezolano, elevado a trofeo, subrayó la preferencia por el gesto simbólico frente a la explicación sobria. La política exterior, cuando se narra como épica instantánea, suele pagar intereses más tarde.
El Capitolio fue espejo de un país que discute a gritos y vota con el cuerpo: unos de pie, otros sentados. La imagen es potente; la convivencia democrática, frágil.
La oposición eligió la interrupción; el presidente, la provocación. Ninguna de las dos artes refunda el centro. Ambas lo erosionan.
En vísperas de unas intermedias inciertas, el discurso apostó por la polarización como motor electoral. Funciona para movilizar a los fieles; rara vez persuade a los escépticos.
La historia recordará el récord de duración. La ciudadanía, en cambio, recordará si bajan los precios, si se enfrían las tensiones y si la ley vuelve a ser camino y no obstáculo.
✍️ ©️ 2026 Bagnoregio – All Rights Reserved
© 2026 SalaStampa.eu, world press service – All Rights Reserved – Guzzo Photos & Graphic Publications – Registro Editori e Stampatori n. 1441 Turin, Italy












