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La caridad con carné

Cuba vuelve a recibir cajas con lazos humanitarios mientras el apagón hace de cortina. En el aeropuerto, la foto sale perfecta: banderas solidarias, sonrisas responsables, discurso urgente. En la pista, la ayuda. En el fondo, el régimen, intacto.

La Internacional Progresista rebrandizó la flotilla: ahora es convoy por tierra, mar y aire. Suena épico. También suena a manual de marketing del bien. Porque cuando la crisis es estructural, el gesto heroico dura lo que dura el flash.

Greta Thunberg presta su aura moral al operativo. Capital simbólico premium para una causa justa en el papel y turbia en el encuadre. En La Habana, el clima que se calienta no es solo el del planeta: es el de la política que se recicla con camisetas verdes.

El discurso humanitario llega sin recibo de aduana ética. ¿Quién reparte? ¿Quién decide? ¿Quién capitaliza la foto? La ayuda no es neutral cuando aterriza en una isla donde el Estado es el filtro de todo, incluso del pan.

Mariela Castro Espín en el consejo consultivo no es un detalle: es el guiño. El humanitarismo con pedigrí de poder local huele a cooptación con perfume de ONG. Solidaridad con escolta.

En el exilio, el termómetro sube. No porque falte empatía con el hambre, sino porque sobra experiencia con la puesta en escena. La caridad administrada desde el mismo tablero que produce la escasez es un loop perfecto para el relato oficial.

Salomé García Bacallao tiró la frase que desacomoda el decorado: “si ellos entran, nosotros también”. La ayuda cruza fronteras; las personas, no. La solidaridad global pide visa; el retorno de los cubanos sigue en sala de espera.

Nadie discute que falten medicinas y luz. Lo que se discute es el teatro. Cada convoy que entra sin condiciones sale en cadena nacional; cada caja que se reparte sin garantías vuelve en propaganda. El hambre no debería ser utilería.

La pregunta incómoda queda flotando sobre la pista: ¿la ayuda llega a los que la necesitan o al relato que la necesita? Mientras no se rompa el cerco del control interno, los convoyes serán parches fotogénicos sobre una herida política que no cicatriza.

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