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Fábrica cerrada, el Gobierno juega

Argentina
Se cerró Fate. No “se reconvirtió”, no “se relocalizó”, no “se puso en pausa”: se apagó. En la Argentina del power point libertario, las fábricas se convierten en archivos adjuntos. Se borran con un clic y listo: eficiencia de oficina, desempleo de barrio.

La UIA hace lo que puede: contar despedidos sin duelo. Sesenta y cinco mil empleos menos en dos años no entran en un hilo de X. No en trending topic, algoritmo o épica. Es una estadística incómoda que no combina con la selfie del ajuste feliz.

La escena es conocida: mientras una planta cierra, el Gobierno juega a la PlayStation ideológica con el joystick de las importaciones. “Competí o morí”, versión TikTok. El problema es que la pantalla no muestra las casas vacías cuando la fábrica se apaga.

La industria del neumático es el ejemplo perfecto para la fábula libertaria: sobrecapacidad global, dumping asiático, precios imposibles. En el manual oficial, eso se resuelve con un tuit heroico. En la vida real, se resuelve con 920 personas en la calle.

La UIA pide lo obvio que acá suena subversivo: igualdad de condiciones. Impuestos razonables, financiamiento, infraestructura, reglas. Nada de proteccionismo cavernícola, nada de apertura kamikaze. Competir sin piernas es una disciplina olímpica solo en la Argentina.

Del otro lado, el ecosistema violeta encontró culpable rápido: el dueño. Millonario, kirchnerista reciclado, villano de historieta. El argumento es cómodo: si el empresario es malo, el cierre deja de ser un problema del modelo y pasa a ser un capítulo de moralina digital.

La novedad no es la crítica al empresario. La novedad es la amnesia selectiva: cuando el mercado destruye empleo, no es el mercado, es el empresario. Cuando el Estado destruye empleo, no es el Estado, es el pasado. Siempre hay un espejo donde no mirarse.

El Presidente retuitea. El Gobierno milita en X. La política industrial se terceriza en influencers. En lugar de plan, hay escarnio. En lugar de medidas, hay pantallazos. El Estado mínimo, la humillación máxima.

La UIA recuerda algo que en la Argentina suena viejo: cada planta que cierra se lleva conocimiento, cadenas de valor, oficios que no se descargan de Google. Eso no vuelve con un decreto ni con una promo de importaciones en cuotas.

El oficialismo promete precios internacionales. Bienvenido el horizonte. Pero el atajo elegido es internacionalizar la desocupación. Sin macro ordenada, sin crédito, sin infraestructura, el “compitan” es un meme caro: lo pagan los que no tuitean.

El cierre de Fate no es una anécdota: es una postal del modelo. Apertura sin convergencia, épica sin plan, influencers sin fábrica. La economía real pierde; la virtual gana likes.

Después, cuando el humo se disipe, quedará el silencio del galpón vacío. No hay algoritmo que reabra una persiana. Y no hay tuit que devuelva 65.000 laburos.

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