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Criptogate $Libra: la patria del palo enjabonado


“Política del serrucho: el corte que termina mordiendo al propio pie.”

La crónica empieza como tantas en la Argentina: con una selfie de poder y una billetera que se evapora. El promotor texano posa con el Presidente; el dinero, en cambio, no posa: corre. Y corre rápido, como si supiera que acá las fotos duran más que las explicaciones.

Un millón de dólares digitales aterriza en Tigre el mismo día del encuentro en Olivos. No es un chiste: es la coreografía del “todo bien, yo después te explico”. La política sonríe para la cámara; la cripto sonríe para la cadena de bloques.

El jubilado aparece en escena como un actor secundario al que le tiraron el protagónico por error. Setenta y cinco años, una billetera virtual, un millón que entra y sale en trece minutos. En este país, la tercera edad cobra la mínima; en el blockchain, la tercera edad cobra la máxima.

Los investigadores miran el reloj: minutos antes de la foto presidencial, dos transferencias gemelas. Gemelas como las excusas cuando estalla el escándalo. No es casualidad: es la religión de la coincidencia practicada con devoción fiscal.

El derrumbe de $Libra dejó damnificados en varios husos horarios. En la nueva globalización, el capital vuela en clase business y la culpa viaja en turista. Cuando el castillo de humo se cae, los promotores piden disculpas en inglés y los ahorros se pierden en cualquier idioma.

El reembolso a un inversor famoso fue la miguita de pan que permitió seguir el rastro. La transparencia selectiva es el nuevo faro moral: billeteras públicas para el show, billeteras opacas para el backstage. Todo muy Web3, muy posverdad.

Que el dinero haya pasado por una cuenta de plataforma y salido en cuatro transferencias exprés suena a manual básico de escape. En trece minutos se puede pedir una pizza; acá se pide un olvido judicial. Delivery de impunidad, con propina incluida.

La Justicia avanza con linterna en un galpón de neón. Identifica direcciones, nombres, movimientos; persigue sombras que se mueven más rápido que los oficios. El blockchain no miente, pero tampoco explica: muestra huellas sin decir quién se puso los guantes.

Mientras tanto, el poder político posa. No explica el contexto, no explica la foto, no explica el silencio. En la Argentina 2025–2026, la explicación es un género en extinción: se prefieren los encuadres.

La estafa cripto no necesita ideología: le alcanza con una selfie de legitimidad. Una foto con el Presidente funciona como estampilla de “apto para crédulos”. Después, que el mercado haga lo suyo: volatilidad para todos, responsabilidades para nadie.

En el país del palo enjabonado, el dinero digital sube, resbala y cae en manos que nunca quedan del todo claras. La promesa era libertad financiera; la práctica, gimnasia de fuga. El truco no es la tecnología: el truco es el viejo arte de posar mientras la plata se va.

Y así, entre flashes y blockchains, la escena se repite: la política mira a cámara, la cripto corre por detrás, y la ciudadanía aprende —otra vez— que las coincidencias acá no son azar: son método.

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