
Otra vez el libreto de siempre: se anuncia un acuerdo “histórico”, se exhiben porcentajes como si fueran medallas y se proclama que el país “se integra al mundo”. La liturgia del éxito es conocida; el contenido, bastante menos glorioso.
Reducir aranceles no es un acto de magia: es una decisión política que favorece a unos y expone a otros. Presentarlo como un trámite técnico equivale a decir que la arquitectura de una casa es un detalle frente al color de la pintura.
La Unión Europea aprobó el acuerdo con reservas, objeciones y protestas en la calle. No porque sus gobiernos hayan descubierto de pronto el proteccionismo sentimental, sino porque entendieron algo elemental: abrir mercados sin blindar a los sectores vulnerables es invitar al incendio y prometer luego un balde de agua.
Bruselas, con pulcritud burocrática, agregó fondos compensatorios, controles adicionales y cláusulas de salvaguardia. Traducido: el acuerdo, tal como estaba, era indigesto. Se lo sirvió con antiácidos para que pase. No es virtud del plato; es reconocimiento del daño.
Que la Comisión concentre la llave de los recursos agrícolas y limite el margen de los Estados no es un detalle administrativo: es un desplazamiento de poder. Cuando el tablero se mueve, no todos los jugadores conservan las mismas piezas.
Del lado del Mercosur, el optimismo oficial se apoya en una ilusión persistente: vender más materias primas y comprar más manufacturas como si eso fuera sinónimo de desarrollo. Es el viejo intercambio desigual con traje nuevo y sonrisa de ocasión.
La promesa de “acceso a mercados” suena epopéyico hasta que se la contrasta con la realidad de la estructura productiva. Acceder no es competir. Competir no es ganar. Y ganar no es desarrollar capacidades propias. Confundir estas etapas es una forma elegante de administrar expectativas ajenas.
Mientras en Europa los agricultores bloquean rutas para defender reglas que los obligan a producir caro, aquí se celebra competir con quienes producen barato. No es audacia: es una apuesta asimétrica presentada como virtud estratégica.
Las indicaciones geográficas europeas se blindan con celo notarial; nuestras cadenas de valor, con esperanza retórica. Unos protegen lo que saben que vale; otros confían en que el mercado sea generoso. El mercado no tiene vocación pedagógica.
El consenso político que se busca no es sobre el contenido, sino sobre el relato. Se pide aplauso para la apertura y silencio para sus consecuencias. Es una coreografía conocida: música alta para que no se oigan los costos.
No se discute comerciar; se discute cómo no quedar presos del mismo rol de siempre. Si el acuerdo fija una especialización que empobrece la complejidad productiva, el problema no es el comercio: es la renuncia a decidir el rumbo.
En política económica, las celebraciones anticipadas suelen ser la antesala de los balances tardíos. Cuando llegue la factura, ya no habrá porcentajes para exhibir: habrá capacidades perdidas que no se recuperan con comunicados.
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