
Argentina
El presidente Javier Milei desembarcó en Mar del Plata para encender la Derecha Fest como quien prende una bengala en plena rambla: mucho humo, luces ideológicas y la promesa de que “se le viene la noche a los zurdos”. No aclaró si con luna llena o corte programado, pero el anuncio tuvo aplauso garantizado.
El libreto fue el de siempre, afinado y sin pausas: hartazgo social, recetas agotadas y la consigna que ya funciona como mantra—“basta de empobrecernos”. Milei habló como si la inflación hubiera pedido perdón y el salario estuviera en terapia intensiva pero estable. Optimismo performático, que le dicen.
El liberalismo, aseguró, es “superior” en lo económico y en lo moral. Una afirmación audaz para un país que mide su moral en cuotas y su economía en memes. Superior, sí, pero todavía en período de prueba, con garantía limitada y letra chica.
La épica bíblica no faltó: “las aguas se separan entre justos y pecadores”. En la platea, los justos; afuera, los pecadores. La política reducida a catecismo, con pecados capitales que casualmente coinciden con el estatismo y indulgencias reservadas para el mercado.
El Presidente insistió en que su gobierno es el quiebre definitivo con décadas de decadencia. Quiebre hay, sin dudas. Definitivo, veremos. En Argentina, los quiebres suelen durar lo que un veranito en la Bristol: intensos, ruidosos y con arena en los zapatos.
Hubo también diplomacia de combate: Davos como ring espiritual donde se pelea “por las almas”. Un concepto interesante para un foro de CEOs, donde las almas suelen cotizar en bolsa y el agua bendita viene en botellitas premium.
Milei disfruta del aplauso militante y lo administra como combustible. La polarización no es un efecto colateral: es el motor. En ese esquema, gobernar se parece más a conducir una moto sin casco que a pilotear un Estado con frenos.
Mientras tanto, la calle—esa a la que el Presidente invoca—sigue esperando que el discurso se convierta en ticket del supermercado, alquiler pagable y laburo que alcance. La fe mueve montañas; el salario, apenas el mes.
En Mar del Plata quedó claro: la noche anunciada es más un eslogan que un pronóstico. El día después, como siempre, dependerá menos de los pecadores y más de si el milagro económico decide, de una vez, hacerse carne.
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