
El mileísmo decidió que la política exterior también se escribe con letra chica. Un decreto aquí, una invitación que se enfría allá, y listo: el mensaje viaja solo. El problema es que en Beijing no leen entrelíneas; leen balances, cronogramas y vencimientos. Y cuando algo no cierra, la sonrisa se borra rápido.
El nuevo régimen de contrataciones públicas se presentó como una oda a las “reglas claras”. Traducción simultánea: más filtros, más excusas y menos chinos en la obra pública. Un tiro por elevación que no necesitó silenciador. En infraestructura, donde el músculo financiero oriental hizo escuela, el portazo se escuchó lejos.
La demora eterna para confirmar una visita presidencial a China terminó de completar el cuadro. En diplomacia, no contestar es contestar. Y en Washington, el gesto se aplaude: alineamiento prolijo, sin estridencias, pero alineamiento al fin. La Casa Blanca toma nota; Beijing también.
El swap, mientras tanto, no espera discursos. Faltan meses para el vencimiento y sobran señales cruzadas. La presión para no renovar es explícita, casi pedagógica. El problema es que la caja no se llena con pedagogía, y el Banco Central tiene activado un tramo que no se paga con likes.
Santa Cruz aportó su granito de arena al incendio: avisó a los bancos chinos que usaría los créditos disponibles para las represas. Nación miró para otro lado. Eso sí, sacó un decreto que amplía causales de exclusión a empresas “sancionadas”. Una categoría elástica, ideal para ordenar el mapa según conveniencias geopolíticas.
En Beijing leen todo como un paquete: decretos, desplantes y silencios. Se dejó de insultar a China, es cierto. Pero no aceptar el convite presidencial también es un mensaje. La diplomacia no funciona por descarte; funciona por gestos acumulados.
Las represas de Santa Cruz, la joya de la corona del financiamiento chino en el exterior, siguen en veremos. Addendas demoradas, versiones extraoficiales, promesas parciales. Reactivar solo la represa chica sería una cortesía mínima. Demasiado mínima para tanto ruido.
El swap pende como espada conocida: si no se renueva, los pagos de mitad de año abren un agujero que arrastra todo. Reservas, acuerdo con el Fondo, credibilidad. La matemática no es ideológica: no pagar no es una opción elegante, es un problema concreto.
Al final, el Gobierno juega a mostrar orden y reglas mientras pisa arenas movedizas. Coquetea con una potencia, desafía a otra y confía en que el calendario se adapte al relato. La geopolítica no suele ser tan comprensiva. Y los vencimientos tampoco.
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