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Limpieza profunda… de explicaciones

Argentina volvió a descubrir que, cuando se habla de limpieza, el problema no siempre está en el piso. Esta vez, el escándalo salpica a Nucleoeléctrica Argentina y tiene como protagonista a su presidente, Demian Reidel, un funcionario que predica austeridad con la misma vehemencia con la que administra licitaciones explosivas.

La historia es sencilla y, por eso mismo, incómoda: una contratación clave para la limpieza de áreas sensibles en Atucha terminó con ofertas que superaban en más de 140% los valores vigentes. Nada extraordinario, salvo por un detalle menor: se trata de zonas con riesgo radiológico, donde la transparencia debería ser tan estricta como los protocolos de seguridad.

Los pliegos, según las denuncias internas, parecieron escritos con guantes de látex y destinatario único. Requisitos que cambian sobre la marcha, plazos exprés y criterios técnicos que dejaron a la mayoría afuera. De nueve empresas, sobrevivieron dos. Y, como si faltara condimento, una tercera apareció mágicamente en la etapa económica, sin haber pasado por el filtro técnico. Alquimia administrativa en su máxima expresión.

El resultado fue un festival de precios inflados. La oferta “más barata” seguía siendo obscenamente cara, pero alcanzó para perfilar a una adjudicataria que prometía un negocio redondo para algunos y un agujero negro para las cuentas públicas.

La alarma la encendió el gerente de planta de Atucha I y II, Juan Pablo Nolasco Sáenz, quien habló de presiones, llamados urgentes y pedidos explícitos para retocar informes técnicos. Traducido al castellano llano: justificar lo injustificable.

Cuando la denuncia llegó al directorio, la reacción fue quirúrgica: licitación frenada y dos funcionarios de extrema confianza de Reidel apartados de sus cargos. Una limpieza selectiva, rápida y sin detergente mediático. El presidente, mientras tanto, eligió el silencio. Tal vez esperando que la mugre se asiente sola.

El caso no es aislado. Otra empresa, Distribón SRL, ya había judicializado una licitación similar por pliegos imposibles y direccionamiento evidente. Demasiadas coincidencias para un sector que se jacta de precisión milimétrica.

Todo esto ocurre mientras el Gobierno de Javier Milei empuja la privatización parcial de una empresa estratégica. El mensaje es confuso: se promete mercado y eficiencia, pero se practica opacidad y favoritismo. El liberalismo de manual choca con la realidad de los contratos inflados.

En la interna libertaria, Reidel sigue siendo un cuadro técnico de alto vuelo, apodado “Satanás” por razones que nadie termina de explicar. Quizás porque, como en toda buena novela, el personaje más peligroso es el que sonríe mientras el edificio arde.

Por ahora, la licitación quedó en pausa y las denuncias siguen su curso. La pregunta no es quién limpia Atucha, sino quién se anima a limpiar esta historia hasta el fondo. Porque en el sector nuclear, cualquier residuo mal gestionado —administrativo o político— termina irradiando mucho más lejos de lo previsto.

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